La Revolución de Asturias José María García de Tuñón Aza



 El Catoblepas • número 92 • octubre 2009 • página 10

La Revolución de Asturias

75 años después (octubre de 1934-octubre de 2009)
El socialismo en octubre de 1934 desencadenó en España una revolución. Pero ¿qué se proponía esta revolución? ¿Qué fue aquel movimiento revolucionario? ¿Adónde y con qué garantías iba aquella revolución? ¿Adónde iba la revolución como justificativo de sus inmensos crímenes? Después del triunfo, si el triunfo hubiera sido posible, ¿qué? La masa estaba en la creencia de que después del triunfo vendría la socialización de la riqueza, la estatificación en masa de los instrumentos de trabajo; algo muy confuso que se llamaba comunismo libertario y que consistía en la inocente adjudicación de títulos rimbombantes: comisario del pueblo, comités revolucionarios, &c., y en expedir vales contra el comercio, bien repleto por el esfuerzo privado. Pero los dirigentes no podían creer eso. Y si lo creían no por ello iban a ser menos responsables; porque ¿qué garantías habían dado al pueblo de estar preparados de tener tomadas todas las medidas para que, arrebatado de las manos privadas, el complejísimo instrumento de la producción y de la distribución siguiera funcionando sin entorpecimientos de catástrofe?
La Revolución de Asturias fue insincera e insinceros y desleales con el país y con la gran masa fueron sus dirigentes socialistas. «Fue inaceptable en sus fines y significó para Asturias un alto nivel de destrucción y crímenes», dijo muy recientemente Xuan Xosé Sánchez, fundador del Partíu Asturianista{1}. De ahí la inmensa responsabilidad que tuvieron sus líderes y que setenta y cinco años después sus herederos ideológicos siguen sin querer reconocer que aquello fue un tremendo delito de lesa Patria. Sus máximos responsables, Largo Caballero e Indalecio Prieto, no sólo no dieron garantía al país de que tras el triunfo no vendría el caos –¿primer acto para la implantación del comunismo?– sino que, en fechas no lejanas, habían afirmado resueltamente todo lo contrario, es decir, intentaban derribar la República burguesa e instaurar una especie de República soviética. Por creerlo así no se sumó Julián Besteiro porque entendió que era una terrible equivocación histórica de la izquierda, provocada por su partido a la que se unirían otras fuerzas{2} que, siguiendo consignas de sus jefes, hicieron de la capital del Principado de Asturias una ciudad totalmente devastada.
Lo habían anunciado los revolucionarios en el manifiesto firmado por el Comité de Alianzas Obreras y Campesinas de Asturias: «Tras nosotros el enemigo sólo encontrará un montón de ruinas. Por cada uno de nosotros que caiga por la metralla de los aviones, haremos un escarmiento con los centenares de rehenes que tenemos prisioneros»{3}.
Existen testimonios que dicen que la ciudad de Oviedo fue bombardeada con cañones que los insurrectos habían sustraído de la fábrica de armas de Trubia (Oviedo): «Entre ellos 18 del primer lote de los inventados por el comandante de Artillería Ramírez Arellano, [ya que] los obreros especialistas de cada taller, pusieron la gran industria en plena actividad. Se dio el caso curioso de que los cañones Ramírez Arellano, recién declarados de uso reglamentario para la infantería por su poco peso, no se habían disparado más que en las pruebas de la Escuela Central de Tiro y los revolucionarios los utilizaron por primera vez contra Oviedo y contra su propio inventor que se encontraba entre los defensores de la capital»{4}. Alguno de estos cañones expoliados fueron emplazados en el monte «Naranco y por el lado de San Lázaro. La misión de unos y otros era atacar la Catedral...»{5}. Los sediciosos intentaron que alguno de ellos fuera manejado por un oficial de Artillería y casi consiguen su propósito con el capitán Placido Alvarez-Buylla López-Villamil que, junto a su padre también llamado Plácido, habían sido hechos prisioneros con otros ovetenses. El primero fue conducido hasta el monte Naranco, desde donde se divisa toda la ciudad, y amenazado con la muerte si se negaba a disparar el cañón. Para Alvarez-Buylla el dilema que se le plantea era muy grave: por un lado estaba en juego su propia vida y por el otro, en Oviedo tenía a toda su familia y a mucha gente conocida. Además la capital estaba poblada de personas inocentes por lo que consideraba un acto de alta traición si disparaba aquella pieza de artillería, y mucho menos pensaba tirar contra la Catedral verdadera joya arquitectónica de estilo gótico. Su grave dilema era pues, muy grande. Y es el autor del libro «¿Por qué Oviedo se convirtió en Ciudad Mártir?», Gil Nuño del Robledal, quien nos cuenta cómo se las ingenió el artillero para no disparar un solo tiro: explica que Alvarez-Buylla «tiene una idea perfecta de lo que ha de hacer. Los rebeldes observan que se dispone a estudiar el cañón formidable (sic), y sin que nadie pudiera verlo ni percibirlo, lo inutiliza y demuestra a los rebeldes que le faltaba una pieza microscópica y que sin ella se convierte en un objeto de cosas inservibles»{6}.
Sin embargo, no queda más remedio que poner en duda esta versión toda vez que, es de suponer, que el artillero estuviera lo suficientemente vigilado para que se atreviera a cualquier tipo de manipulación. Es mucho más creíble la historia que escuchamos a un sobrino suyo, Jaime Alvarez-Buylla, que dijo haber oído relatar a su tío que la artimaña que utilizó para engañar a los insurrectos fue pedirles una tabla de logaritmos ya que sin la misma no podía garantizar en qué lugar podían caer las bombas y por lo tanto se corría el riesgo de alcanzar alguna de las posiciones controladas por los propios rebeldes. Parece que después de darles toda clase de explicaciones de lo que estaba pidiendo, llegó a convencerles y no volvieron a insistir más porque lógicamente no disponían de esa tabla. De todas las maneras, si hacemos caso a Margarita Nelken, diputada socialista y defensora acérrima del sector de Largo Caballero, cabe también la posibilidad de que no bombardearan la Catedral por problemas sentimentales. Fue en el cine Europa de Madrid cuando la diputada Nelken pronunció estas palabras: «No podemos ser sentimentales. Por sentimentalismos renunciamos a destruir la catedral de Oviedo»{7}; pero a lo que no renunciaron fue a destruir con dinamita la Cámara Santa.
El orgullo de la revolución
Uno de los presidentes de las Cortes en la época felipista, Félix Pons Irazazábal, en el prólogo al libro de Alexandre Jaume –primer diputado socialista por Baleares–, escribió: «El estallido de Octubre de 1934 había sido una reacción necesaria en defensa de la República amenazada por el acceso al gobierno de las fuerzas antirrepublicanas»{8}. Y el propio autor, Alexandre Jaume, tomando las declaraciones de una testigo, Clara Campoamor, abogada y diputada radical, dice de ésta que «no conoció otro caso de represión, por parte de los revolucionarios, que unos fusilamientos en Turón» (pág. 39). ¿Unos? No, en Turón fueron 12 personas, de ellas nueve religiosos que son algo más de unos, pero es que además hubo más muertes de seres inocentes en otros lugares de Asturias y que el historiador Paco Ignacio Taibo con gran cinismo diría años después que estos asesinatos «fueron obra de incontrolados»{9}, y así lavarse las manos de alguna manera e intentar de paso salvar de toda responsabilidad a los dirigentes socialistas. Y volviendo a Alexandre Jaume, lo que no nos descubre éste peculiar socialista es la fuente de las declaraciones de la que fue directora general de Beneficencia. Ni tampoco refleja todo lo que la diputada declaró al periódico Heraldo de Madrid, declaraciones que después serían reproducidas en un libro editado en el mismo año de 1934, y que, muy posiblemente, le sirvieron al citado autor para recogerlas en el suyo o muy bien pudo haberlas sacado directamente del mismo periódico. Pero haya sido de un sitio o de otro, el caso es que no quiso recoger –evidentemente porque no le interesaba– las otras contestaciones que Clara Campoamor da a otras preguntas y que dejan patente lo que significó aquella brutal agresión:

«—¿Qué lugares de Asturias ha visitado usted?
Oviedo, Mieres, Sama, La Felguera, Gijón y los alrededores de la capital.
—¿Cuál es su impresión general sobre el estado en que se hallan todas estas localidades?
He podido apreciar una gran diferencia entre el aspecto que presenta Oviedo y el que caracteriza a las restantes poblaciones mencionadas. La impresión que produce Oviedo es desoladora. Por el contrario, en Mieres, Sama, &c., el aspecto es normal, salvo los impactos que puedan apreciarse en diversas fachadas, cristales rotos y, en fin, todas las características lógicas de apreciar en un movimiento revolucionario. En general, los únicos edificios destruidos o verdaderamente perjudicados en estos puntos son los cuarteles de la Guardia Civil.{10}
—¿Qué aspecto presenta en estos momentos lo que pudiéramos llamar elemento pacífico de la población?
Desde luego, trágico. La gente está aterrada. Tenga usted en cuenta que el tiroteo constante duró nueve días; de los cuales seis fueron terribles. Ahora es preciso ejercer una acción de beneficencia constante. Conozco, como es lógico, casos amargos de desamparo. Puede asegurarse que el número de niños desamparados es de quinientos.
—¿Qué es lo que más fijamente ha impresionado a usted en el curso de sus gestiones?
El estado de la Universidad. Alrededor del patio hay un enorme montón de armas: en el centro la estatua de un inquisidor.»{11}
El citado Félix Pons, con su teoría espuria de que la República se encontraba amenazada por la entrada de la CEDA en el Gobierno, lo cual no es cierto. Aquella ya comenzó a estar amenazada a los pocos días de ser proclamada. Lo dice Miguel de Unamuno, que había contribuido más que cualquier español al restablecimiento de la misma. Fue en 1931 durante la inauguración del curso académico:
«Por eso, en su discurso académico de la inauguración universitaria de aquel mes de octubre del 31, insistió en afirmar como una consigna política: «Lucharemos por la libertad de la cultura, porque haya ideologías diversas, ya que con ello reside la verdadera y democrática libertad. Lucharemos por la unidad de la cultura y por su universidad...». Con estos presupuestos es natural que el 17 de octubre, a los seis meses de proclamarse la República, escribiera a Francisco Cerdeira, director de una revista portorriqueña: «Me pregunta usted que cómo va la República. La República, o res-pública, si he de ser fiel a mi pensamiento, tengo que decirle que no va: se nos va. Esa es la verdad... En fin, esto dura poco. El pobre Hamlet tiene su fiel representación en ese falso templo de la Ley: palabras, palabras. No hemos cambiado. Medio siglo de dura experiencia de nada nos ha servido». Su maximalismo le exigía milagros a la República y su impaciencia cultural se desesperaba en los meandros de la política práctica, que fueron amplificando el campo de sus críticas hasta cubrir todo el horizonte republicano. En junio del 31 había escrito en El Sol sobre «un Gobierno en que no se confía» y, después de afirmar perentoriamente que «todos los regímenes han acabado por sucumbir bajo la tiranía de los encargados de sostenerlos con las armas», se interroga preocupado: «Milicia revolucionaria armada, Soviet de soldados rojos, fajo de camisas negras, todo es igual. ¿Qué salida hay para todo esto?». De la crítica abstracta, pasa a la crítica concreta de lo anecdótico, de la menudencia administrativa: «Se dice que estamos en una República de trabajadores, y por los últimos acontecimientos más bien creo que es una República de funcionarios, en que todos quieren vivir a costa del Estado», les decía a los estudiantes de Derecho de Salamanca el día 29 de noviembre de 1931.»{12}

Años después de lo que Unamuno habló en la Universidad de Salamanca, otra Universidad, en este caso la de Oviedo que los socialistas habían destruido totalmente en 1934, abría sus puertas a los mineros –decía alguna prensa–, y el Aula Magna acogía al secretario del SOMA, José Angel Fernández Villa, que «dedicó una de las partes más emocionadas de su intervención a la Revolución de Octubre del 34»{13}. Que se sepa, Fernández Villa en ningún momento dijo a los allí presentes que aquel templo de la inteligencia, donde en ese momentos se encontraban, había sido pasto de las llamas del gran incendio que sufrió producido por los mineros en 1934 cuando éstos actuaron de acuerdo con la teoría marxista, anunciada por el propio Marx:

«La Comuna ha demostrado que la clase obrera puede simplemente apoderarse de la maquinara establecida del Estado y dirigirla para sus propios propósitos. El caso es exactamente opuesto... La clase obrera debe romper y destrozar, la maquinaria estatal establecida y no limitarse a tomar posesión de ella.»{14}

En el mismo acto intervino Gregorio Peces-Barba, rector de la Universidad Carlos III de Madrid, quien en declaraciones que hizo posteriormente dijo que compartía casi el 95% de lo dicho por Fernández Villa, pero que discrepaba en algunas otras cosas. Sobre la Revolución del 34 fue crítico y la calificó como «un gran error [porque] no se respetaron las reglas del juego democrático»{15}. El rector de la Universidad de Oviedo, Juan A. Vázquez también intervino, pero no tuvo el mínimo recuerdo de aquella fecha y de su trágico significado para la Universidad.
Todo estaba previsto
La entrada en el Gobierno de los tres miembros de la CEDA no fue la causa para desencadenar la Revolución, como se empeña en decir la izquierda, sino más bien el pretexto o, si se quiere, la chispa. Era, pues, algo que se venía incubando desde hacía mucho tiempo. Lo prueba además, entre otras cosas, la creación de milicias de las Juventudes Socialistas{16}, uniformadas, provistas de armas cortas y de granadas de mano adiestradas por García Oliver{17}, y que sus jefes les habían entregado vacías{18}. Juventudes a las que había pertenecido el que llegaría a ser presidente del PSOE, Ramón Rubial cuando entonces le cautivaba «la teoría de la insurrección armada, un enamorado de las revoluciones clásicas, en las que el Poder era conquistado por un hecho insurreccional»{19}. Es, pues, una prueba manifiesta de que esta Revolución no tenía nada de improvisación ni de espontaneidad después del volumen del armamento requisado anteriormente a los insurrectos. Así lo demuestran también las opiniones no sólo de historiadores de distintas tendencias políticas, sino la mayoría de los políticos que vivieron aquella época de cuyo testimonio damos cuenta.
Comenzaremos con el de quien durante un periodo determinado de la República presidió el Consejo de Ministros, Manuel Portela Valladares:
«La Revolución no fue, pues, consecuencia de la crisis política, sino que estaba preparada de antes; y por lo tanto aquellas notas que amenazaban con ella sirvieron de pretexto o de santo y seña para lanzarla. Y no podía ser de otra manera porque sin aquella preparación no se concebiría, de la noche a la mañana, el movimiento revolucionario. ¿Cómo no establecer entonces connivencias entre los autores de las insólitas notas y los revolucionarios que a su voz se echaron a la calle? O aquellos políticos cayeron de primos al suscribirlas o entraban en el secreto y en la danza. (Sí que entraban, y el mediador Prieto era el alma del cotarro).»{20}

«Hacia finales de septiembre, la cuenca minera asturiana era un polvorín presto a explotar en cualquier momento. La crisis ministerial que concluyó el 3 de octubre con el nombramiento de tres miembros de la CEDA encendió la chispa», nos dice en su tesis doctoral el estadounidense Adrian Shubert{21}. En una conferencia que pronunció en La Felguera (Asturias) con motivo del cincuentenario de la Revolución, dijo también: «…la insurrección de octubre no fue algo espontáneo, ya que venía organizándose desde un año antes»{22}. «La entrada cedista en el gobierno presidido por Lerroux fue la señal de la revolución de octubre, no su causa»{23}, opina el historiador inglés Raymond Carr, quien añadió al mismo tiempo: «…los trabajadores de Asturias luchaban por el poder soviético bajo la dirección de los comunistas» (pág. 607). Por otro lado, Santiago Carrillo, entonces secretario general de la Federación de Juventudes Socialistas, cargo para el que había sido nombrado a principios de 1934, puntualiza que «habíamos resuelto que precisamente la entrada de la CEDA sería la señal para desencadenar el movimiento, porque si dábamos tiempo a que ese partido actuase desde el Gobierno haría más difícil, sino imposible, el levantamiento»{24}. En otro momento, el propio Carrillo cuenta que por su calidad de secretario de aquellas Juventudes fue nombrado, en la primavera del 34, representante de las mismas en lo que se hizo llamar Comité Revolucionario Nacional «que dirigió la preparación del movimiento de octubre del mismo año» (pág. 92). Una de las primeras medidas de este Comité fue crear una organización por todo el país a todos los niveles. «Dichos comités tenían la tarea de recaudar medios económicos, de comprar y almacenar armas, de buscar apoyos en el Ejército y cuerpos de seguridad, de organizar y fortalecer las milicias y de asignar objetivos a éstas cada uno en su demarcación, cuando la batalla comenzase» (pág. 97). Estas palabras de Carrillo dejan muy claro que la revolución socialista tarde o temprano tenían pensado ejecutarla, todo dependía del momento propicio para ellos, «porque no basta con ir a la Revolución; es menester que se vaya a tiempo», escribía Ramos Oliveira{25} que, por cierto, no hacía otra cosa que seguir las palabras que ya había publicado el diario El Socialista cuando este órgano del partido al referirse al movimiento violento de sus compañeros austríacos, se pronunciaba en el sentido de que «el camino es el mismo que han seguido los socialistas austriacos con la sola diferencia de elegir el momento psicológico con el máximo rigor: ni antes ni después de lo conveniente»{26}.
Otro que tampoco comparte la teoría de la entrada de la CEDA en el Gobierno como causa principal de la Revolución es el historiador y catedrático Julio Arostegui: dice que la idea de la insurrección empezó a considerarla el socialismo en febrero de 1934, y no le cabe duda de que la radicalización es muy anterior a esa fecha:
«Formalmente la amenaza de la insurrección la situó el socialismo en el contexto de su negativa a que la CEDA participara en el gobierno. Ello colmaría el vaso de lo que se consideraba como una entrega de la República a sus enemigos. Por eso se ha dicho que la amenaza de la insurrección podía ser una estrategia para impedir ese gran corrimiento a la derecha en el Gobierno de la República. Pero la entrada de la Ceda en el gobierno se produjo el 4 de octubre...»{27}

«Que la designación –dice asimismo el historiador Jesús Pabón– de esos tres ministros de la CEDA –esos tres nombres en esas tres carteras– guardase relación de causa efecto con el movimiento revolucionario, aunque fuese en calidad de provocación, es afirmación que, por reiterada, no puede disminuir un legítimo asombro [...]. Ni el número, ni las personas, ni las carteras, podían producir inquietud alguna. Eran tres ministros en un Gobierno de quince. Ninguna de las carteras era ‘clave’ para los propósitos que se decían temer de la CEDA.»{28}

El oficial del Ejército de la República, José Manuel Fernández Cabricano, militante también de la CNT, que vivió muy de cerca los acontecimientos del 34, primero en la Felguera y después en Oviedo, llegó a declarar, cuando se cumplía el cincuentenario de la Revolución, que la misma se venía gestando desde el año 28 en el que las fuerzas de izquierdas españolas llegaron a una serie de pactos para derribar la Monarquía, en el transcurso de varias reuniones. «La CNT –decía Fernández–, que a pesar de haberse formado en la clandestinidad era la mayor fuerza del país, se comprometió a prestar su apoyo a los proyectos de los allí reunidos, aunque renunció a contar con representantes en el Gobierno provisional. Sin embargo, aquellos acuerdos fueron incumplidos una vez instaurada la República»{29}. A estos puntos de vista cabe añadir también el del que fue presidente de la República en el exilio, José Maldonado{30}, que en su momento creyó que el movimiento revolucionario estaba proyectado desde la derrota electoral del año 1933, y eso «es capital para enjuiciar los sucesos de octubre»{31}.

Y no le falta razón a Maldonado porque a los pocos días de esas elecciones se celebró una reunión conjunta de las dos Ejecutivas, es decir, Partido Socialista y Unión General de Trabajadores. La reunión tuvo lugar el día 25 de noviembre y a la misma asisten por parte del partido: Francisco Largo Caballero, Indalecio Prieto, Wenceslao Carrillo, Simeón Vidarte, Enrique de Francisco, &c. Por la UGT: Julián Besteiro, Andrés Saborit, Trifón Gómez, entre otros. Según recoge el acta, firmada por Enrique de Francisco y Trifón Gómez. Largo Caballero manifestó que el compromiso debe ser para realizar un movimiento revolucionario a fin de impedir el establecimiento de un régimen fascista. Olvidaba Largo Caballero con estas palabras el resultado de las urnas, y al mismo tiempo se negaba a aceptar y a reconocer que se había venido aplicando la ley de los vencidos que además habían presidido las elecciones. También repite que «la posición a adoptar debe ser la de impedir una cosa tipo fascista y luego ya se vería cuál era la conducta a seguir»{32}.
Sin embargo lo de relacionar todo con el fascismo no era nada más que un engaño, un truco que los socialistas explotaron con absoluta conciencia de su falsedad como veremos más adelante. Demasiado sabían los dirigentes socialistas, y sus aliados, que en España no había arraigado el fascismo. Wenceslao Carrillo recuerda que los socialistas no debían hablar ni de una acción para implantar el socialismo, lo que habría de restarles bastantes ayudas, ni de defensa de la democracia por si con ellos se enfriaba el entusiasmo de sus seguidores. «Debe hablarse sólo de antifascismo, en lo que puede resumirse todo» (pág. 44).
Por otro lado, «al mismo tiempo que se inauguraban las Cortes –dice el historiador Aguado Sánchez– el día 8 de diciembre, en las que don Santiago Alba había sido elegido –de momento– presidente interino, daba comienzo una oleada de terrorismo en España»{33}.

Está claro que los socialistas, y demás fuerzas que formaron la Alianza Obrera, no supieron perder. Quisieron mantener siempre una posición preponderante en la política española fuese como fuese: por la violencia o por las malas artes. Lo de menos para ellos era la legalidad. Por eso cuando los españoles les barrieron del poder en noviembre de 1933, en el paroxismo de la desesperación, no se resignan al fracaso y comienzan a preparar la revolución o, mejor dicho, la guerra civil que, aunque corta, fue eso: una guerra civil pues ése fue el resultado. «Vayan ustedes al cine a ver con sus propios ojos lo que ha pasado», escribía un periodista{34}. Los revolucionarios en sus pasquines hablaban sin rodeos del Ejército Rojo, y hacían llamamientos a todos los trabajadores para que estuvieran dispuestos a la defensa de sus intereses con su propia sangre. «El aplastamiento de los contrarrevolucionarios, la conservación de nuestras posiciones exige tener un Ejército invencible, aguerrido y valiente para edificar la sociedad Socialista»{35}. Incluso, a título póstumo, hubo un caso en que los sediciosos llegaron a nombrar general a un compañero: «Te nombramos general del Ejército Rojo, por el valor que has demostrado en la vida y el valor con que has muerto»{36}. Asimismo, no debemos olvidar lo crispado que estaban los ánimos en aquellas elecciones de 1933 cuando en un mitin socialista celebrado en el Teatro Cervantes de Granada, donde también interviene Fernando de los Ríos, Indalecio Prieto se quejaba de que alguien lo estaba difamando por lo que para salir al paso pronuncia textualmente estas palabras: «Si algún día hallo a mis difamadores, tendré energía suficiente no para cruzarles el rostro a escupitajos, sino para horadarles el cráneo a pistoletazos»{37}. Días antes, en Montejicar, cerca de Granada, al llegar los oradores que iban a tomar parte en un mitin de coalición radical, fueron recibidos con silbidos por los socialistas; de pronto sonó un tiro y como si esto fuese la señal, fue asaltado en Centro Agrario haciéndose al mismo tiempo numerosos disparos. «Un hombre recibió un balazo en la cabeza y falleció momentos después de habérsele prestado asistencia facultativa»{38}.
En algunos pasquines se podía leer: «Obreros, en pie de guerra, se juega la última carta. Nosotros organizaremos sobre la marcha el Ejército Rojo [...]. Rusia, la patria del proletariado, nos ayudará a construir sobre las cenizas de lo podrido el sólido edificio marxista que nos cobije para siempre»{39}. Hay otro en el que los revolucionarios hacen un llamamiento a los soldados de la República para que se pasen a sus filas: «Hay que machacar a todos los tiranos y sin ninguna dilación debéis salir de las filas del EJERCITO capitalista ingresando inmediatamente en el EJERCITO de vuestra clase, en el EJERCITO ROJO. Toda metralla que tenéis en las cartucheras debéis emplearla para introducirla en el corazón de la burguesía» (pág. 156).
Este relevo no le gusta nada a Indalecio Prieto quien, en su discurso pronunciado el día uno de mayo de 1942 en el Círculo Pablo Iglesias de México, se quejaba amargamente de que a su regreso de Asturias, después del alijo delTurquesa, «me encontré envuelto en un ambiente de recelo y desconfianza que suponían para mí la mayor injuria, y destituido, sin saber por qué, de mi misión de enlace con los militares. ¡Sustituido yo, un hombre de mi historia por un advenedizo!»{40}.
Largo Caballero por su parte estaba dispuesto a ser él el que dispusiera de todos los resortes de la revolución que se avecinaba. En una ocasión dio a leer a Juan-Simeón Vidarte las instrucciones de la huelga revolucionaria para que le ofreciera su opinión. Al preguntarle quién las había redactado, Largo Caballero contestó:
«Besteiro. Son, más o menos, las instrucciones de la huelga de 1917. ¡Qué diferencia de entonces! ¿Cómo pueden cambiar tanto los hombres?»{41}
Estaban claras desde un principio las intenciones de Caballero. Quería llegar hasta el final y el final no era otro que la detención del presidente de la República Niceto Alcalá-Zamora a manos del socialista Fernando de Rosa{42}, así se lo comentaba otro día a Vidarte:

«Claro está que no actuará solo. Irá con guardias civiles, que no serán guardias civiles, sino gente de nuestra más absoluta confianza. Si las cosas no cambian, tendremos ayudas importantes en la propia guardia presidencial. Un militar republicano, también de absoluta confianza, efectuará la detención; pero a Fernando de Rosa lo he hecho personalmente responsable de la vida de Niceto y él me ha dicho que responde de ella con la suya. Será un putsch a lo Dollfuss. Otro militares se encargarán de la detención del presidente de las Cortes (constitucionalmente, Santiago Alba debería sustituir al presidente de la República). Otros más, ocuparán telégrafos, teléfonos, la radio, el Ministerio de la Gobernación y el de la Guerra. Y confiamos plenamente en la actuación de todos ellos...»{43}

Todas estas intenciones y todos los preparativos que los socialistas, «enojados por la derrota», venían manejando desde hacía tiempo, eran harto conocidos por Manuel Azaña, que el día 2 de enero del 34 celebró una conversación con Fernando de los Ríos{44} «larga y dramática». De los Ríos días antes había pronunciado un discurso en Granada en el que dijo que renegaba de la República porque había sido una engañifa, «tan mala como la monarquía», y no tenía nada que esperar de ella. Azaña le expone lo que pensaba sobre lo que se proponían la inmensa mayoría de los socialista. Sabía que no debía entrometerse en los asuntos del Partido Socialista, si bien en las cuestiones referidas a la política general de España creía tener todo el derecho de poder juzgar cualquier conducta e, incluso, dar un consejo. Fernando de los Ríos le escuchaba atento confesándole también, después de que se le saltaran las lágrimas, que su situación «era trágica. Estaba pasando una terrible crisis de conciencia». Pero Azaña insistía:

«Le argüí en el terreno político y en el personal. No desconocía la bárbara política que seguía el Gobierno ni la conducta de los propietarios con los braceros del campo, reduciéndoles al hambre. Ni los desquites y venganzas que en otros ramos del trabajo, estaban haciéndose. Ya sé la consigna: ‘Comed República’, o ‘que os dé de comer la República’. Pero todo eso, y mucho más que me contara, y las disposiciones del gobierno, y la política de la mayoría de las Cortes, que al parecer que no venía animada de otro deseo que el deshacer la obra de las Constituyentes, no aconsejaba, ni menos bastaba a justificar que el Partido Socialista y la U.G.T. se lanzasen a un movimiento de fuerza. Era desatinado hacer cundir entre las masas el sentimiento de que nada podía esperarse de la República. Una injusticia, una ingratitud y un yerro gravísimo envolver a todos los republicanos y a las instituciones de la República en la misma aversión y en el mismo anatema que el Gobierno actual y a su mayoría parlamentaria. No basta decir que las masas sienten esto o lo otro. Los sentimientos de las masas pueden ser cambiados o encauzados, y ese es el deber de los jefes, los cuales no deben ponerse al servicio de aquéllas cuando íntimamente están convencidos, como de seguro lo estaba él, de que pretenden un disparate. Hay obligación de decirlo así, aunque se pierda popularidad, y cuando no pueda remediarse de otro modo, se abandona el puesto. Una derrota electoral, y sus desastrosas consecuencias, debe repararse en el mismo terreno. Se habían cometido muchos errores, subsanables en lo venidero, pero el error de promover una insurrección, llamada al fracaso, no sería ya subsanable, y pondría a la República y a España en trances de perdición [...], y era igualmente ilusorio creer que, triunfante el movimiento, gobernarían los moderados, no ya republicanos, pero ni siquiera socialistas [...]. Que en tal o cual regimiento hubiese dos o tres sargentos socialistas, o una célula comunista, o que unos cuantos oficiales se inscribiesen en la Casa del Pueblo o en el Partido Socialista, no significaba nada. Si le iban a contar a Largo, o a quien fuese, que la tropa, , antes que disparar sobre sus hermanos proletarios, desobedecería a sus jefes, se engañaban y le engañaban, y que sería ceguera muy culpable no reconocerlo y saberlo.»{45}

La comunista Dolores Ibárruri «Pasionaria», que también conocía todos los planes que se iban elaborando, llegó a lamentar más tarde que a pesar de haber ingresado el Partido Comunista en la Alianza, Largo Caballero rehuyera en la medida de lo posible toda discusión con los comunistas porque seguía aferrado al viejo plan «elaborado en diciembre de 1933: un movimiento revolucionario dirigido, por el Partido Socialista y por la Unión General de Trabajadores, tratando de desconocernos y de ignorar al resto de las fuerzas obreras y democráticas (sic{46}, aunque en opinión de otros en «Asturias la compenetración de socialistas, comunistas y anarquistas era absoluta»{47}. El anarquista Manuel Villar le da la razón a «Pasionaria», pero desde un punto de vista diferente cuando se lamenta del protagonismo de los socialista:

«En Asturias había quedado establecida la Alianza Obrera con el fin concreto de realizar la revolución social. La base de esta Alianza son las dos organizaciones centrales del proletariado: UGT y CNT{48}. Pero en Oviedo se constituye el Comité Provincial Revolucionario sin la intervención de la CNT, que no es invitada a integrarlo. El movimiento es determinado en Asturias por los socialistas, siguiendo en todo las instrucciones dictadas desde Madrid. El comité de Alianza Obrera es simplemente notificado, por parte de los socialistas, del designio de provocar una acción revolucionaria general, a la que debe sumarse el proletariado de Asturias. Los socialistas no quieren perder la iniciativa ni la dirección de la lucha, encaminada a la conquista del Poder político.»{49}
La Alianza ya venía preparándose desde hacía tiempo. Un periódico de Oviedo denunciaba en el mes de enero de 1934 que un emisario de Largo Caballero había llegado desde Madrid para entrevistarse con elementos comunistas y sindicalistas para ir a la organización del frente único obrero, pero según parece éstos quisieron imponer algunas condiciones:
«Que el señor Largo Caballero explique su gestión como Consejero de Estado durante la dictadura; que los que fueron diputados socialistas en las Constituyentes expliquen igualmente su actuación –Casas Viejas, Arnedo, &c.– renunciando ahora al acta, y que todos los dirigentes en la organización socialista dejen de serlo para ser sustituidos por los compañeros que las asambleas, en los que participen comunistas y sindicalistas, designen.»{50}

No parece, pues, que haya un acuerdo unánime de quién llevo el peso de la revolución. Sin embargo para la prensa moscovita fue un movimiento comunista de enorme trascendencia en la historia de la revolución. «Todo parece indicar, en efecto –dice Josep Pla–, que la táctica desarrollada en Asturias es un fenómeno desconocido hasta ahora en la península y que se trata del primer movimiento de gran estilo llevado a cabo, según la táctica moscovita, por los comunistas del país. La prensa rusa destaca los sucesos de Asturias, y en cambio trata despectivamente las infantiles veleidades revolucionarios de socialistas y separatistas»{51}.
Después de pasar la Revolución, las críticas a la misma no se hacen esperar y es en el Parlamento cuando Martínez Barrio{52}, el día 16 de noviembre siguiente, habla con toda claridad y expone su punto de vista desde una posición suficientemente diáfana para que todos puedan entenderle:

«La rebelión socialista empezó a gestarse el mismo día que el Partido Socialista abandonó el poder. No disimuló su propósito ni su intento; la dirección del Partido Socialista Obrero se sintió agravada porque en la crisis del 17 de septiembre de 1933 pasó el poder político de manos del señor Azaña a manos del señor Lerroux e inmediatamente –ninguno de vosotros pensará que la totalidad de los hombres del Partido Socialista; yo no lo creo tampoco–, inmediatamente una parte de esos hombres se lanzó a la tarea de preparar un movimiento revolucionario.»{53}
Una guerra civil latente
El propio Madariaga se remonta más atrás, y relata en otra ocasión un episodio que le ocurrió al llegar a Madrid el día uno de mayo de 1933, siendo a la sazón embajador en París. Al bajarse del tren que le había conducido hasta la capital de España, se encuentra con que estaba desierto el patio de coches y los viajeros que con él habían llegado aguardaban desesperados entre maletas y bultos a que llegara un taxi o un tranvía. «¿Qué pasa?», preguntó al conductor del coche oficial que lo esperaba. «Es la fiesta del trabajo», le contestó. Efectivamente, en toda la ciudad no se veía ni una rueda. A los pocos días, se encuentra en la Embajada francesa con varios ministros, entre ellos Indalecio Prieto, a quien le soltó esto: «Prieto, vamos derecho a una guerra civil [...]. Eso no lo aguantará este país. Y ustedes desde el Gobierno no debieron haberlo tolerado»{54}.
Se refiere también a la «guerra civil parlamentaria» en un momento en que el Gobierno tenía que resolver difíciles problemas y hacer frente a un presidente de la República hostil y a una serie no interrumpida de huelgas, casi todas de índole política y revolucionaria, que estaban paralizando la labor del Gobierno, sembrando el desorden y la sangre por las calles de ciudades como «Barcelona Zaragoza, Oviedo, La Coruña, Sevilla. Las chispas de la guerra civil prendieron en la Universidad, enfrentando a los estudiantes reaccionarios, con los de la Federación Universitaria de Estudiantes, organismo izquierdista»{55}.
El historiador José María García Escudero hace un corto repaso de los días que precedieron a la Revolución de Octubre, y afirma:
«En mi Historia política de las dos Españas{56} he procurado demostrar que su oposición a la democracia, es decir, a la República, no arranca de octubre de 1934, ni siquiera de septiembre de 1933, cuando salieron del Gobierno, sino del mismo 14 de abril. No estoy solo. «Desde sus primeros días –escribe Madariaga– vino a encontrase la República con su flanco izquierdo expuesto a los ataques de amigos peligrosos, quizá más peligrosos aún que sus enemigos». Para demostrarlo –sigue escribiendo García Escudero– no me ha hecho falta más que seguir los editoriales de «El Socialista» desde la proclamación del nuevo régimen. Pero también en los editoriales de El Debate hay denuncias relativamente tempranas, como la del 14 de octubre de 1932 sobre unos socialistas que «han hecho y siguen haciendo de la República cuestión de conveniencia para el sólo interés de su partido». Muy anteriores, y más elocuentes, fueron las arrebatadoras declaraciones en que Largo Caballero, ministro del régimen, amenazaba con la guerra civil.»{57}
El catedrático, Gustavo Bueno es otro de los que también reconoce la parte de culpa que tuvo Largo Caballero y de que el plan de insurrección de los socialistas junto con otros partidos de izquierdas, venía gestándose desde hacía mucho tiempo:
«El gobierno de centro derecha que salió de las elecciones de 1933 era un gobierno democrático (en nada lo empañaba la abstención de los anarquistas). Democrática fue también la decisión de Lerroux de dar entrada en su gobierno a tres ministros de Acción Popular, el partido principal de la Confederación Española de Derechas Autónomas (entre estos ministros no figuraba, por cierto, Gil Robles). Fernández (sic) de los Ríos, en nombre del Partido Socialista Obrero Español dice que su partido no tolerará la entrada en el Gobierno «de la derecha»; Largo Caballero y Araquistain (partidarios de una vía leninista) habían retirado la confianza al gobierno de Lerroux, y habían preparado, desde el año 1933, un plan de insurrección, en modo alguno democrático.»{58}

Las amenazas de Largo Caballero con la guerra civil se repetirían muchas veces y hay constancia de ellas. Donde muy posiblemente habla por primera vez de ir a una guerra civil es en noviembre de 1931 ante la posibilidad de que algunos republicanos parecían querer disolver las Constituyente antes de que se aprobase el desarrollo legal previsto en la Constitución. Es entonces cuando Largo realiza unas declaraciones diciendo que no podía aceptar tal posibilidad y que ello sería un reto para su Partido obligándoles «a ir a una guerra civil»{59}. A estas declaraciones, El Socialista del día 25 de noviembre de 1931 quitaba hierro diciendo que se refería a una «guerra civil espiritual» (pág. 356). Dos años después pronuncia literalmente estas palabras:

«Vamos legalmente hacia la revolución de la sociedad. Pero, si no queréis, haremos la revolución violentamente. Esto, dirán los enemigos, es excitar a la guerra civil. Pongámonos en la realidad. Hay una guerra civil. ¿Qué es, si no, la lucha que se desarrolla todos los días entre patronos y obreros? Estamos en plena guerra civil. No nos ceguemos, camaradas. Lo que pasa es que esta guerra no ha tomado aún los caracteres cruentos que, por fortuna o desgracia, tendrá inexorablemente que tomar. El 19 vamos a las urnas... Mas no olvidéis que los hechos nos llevarán a actos en que hemos de necesitar más energía y más decisión que para ir a las urnas. [...] ¿Excitación al motín? No. No es eso Simplemente decirle a la clase obrera que debe prepararse para todos los acontecimientos que ocurran, y el día que nos decidamos a la acción, que sea para algo definitivo, que nos garantice el triunfo sobre la burguesía.»{60}
Luis Araquistáin, autor del prólogo del libro de Largo Caballero dice entre otras cosas:
«Nuestras ilusiones republicanas del 14 de abril se han desvanecido. Y el dilema no es ya monarquía o república; república o monarquía, no hay más que un dilema, ayer como hoy, hoy como mañana: dictadura capitalista o dictadura socialista. Ésta es la conclusión a que llega Largo Caballero en sus discursos.» (pág. 22)
Así, pues, con palabras como éstas es lógico pensar que fueran muchos más los que no comparten la disculpa de la entrada en el Gobierno de hombres de la CEDA como desencadenante de la Revolución. Entre ellos, el historiador francés Bartolomé Bennassar, perfecto conocedor de España, que no puede dejar de asombrarse que «cincuenta años después o más, se encuentren historiadores que consideren normal la actitud de la izquierda, es decir, el rechazo de una participación de la CEDA en el Gobierno, o bien que cubran con un púdico velo el problema»{61}. Esto en clara alusión al conocido hispanista Paul Preston que no tuvo ningún reparo en escribir que «el astuto Gil Robles, el político de la derecha con mayor visión estratégica, sabia que la izquierda le consideraba un fascista y que estaba decidida a evitar que la CEDA llegara al poder. Por tanto presionó para que la coalición derechista se incorporase al gobierno, precisamente para provocar una reacción socialista»{62}. Pero estas palabras de Preston carecen de sentido porque una revolución como aquella no se prepara en pocos días ni tan siquiera semanas. Necesita mucho tiempo de organización pues no se concibe que de la noche a la mañana estalle un movimiento de tales características.
Los rumores intensos sobre la preparación inminente de un movimiento subversivo ya venían pues, produciéndose mucho antes, aunque el gobernador civil de Asturias, Fernando Blanco Santamaría, en una reunión que mantuvo con los periodistas a últimos del mes de julio, quiso desmentirlos tal y como recoge el corresponsal de un diario de Gijón en la capital del Principado:
«Lo publicado por algunos periódicos en el número de ayer sobre los rumores de un próximo movimiento subversivo en toda España, con el principal foco en Asturias, dio motivo a que los periodistas sostuviéramos con el Gobernador una interesante conversación con lo cual esperamos que haya de tranquilizarse el espíritu público.
El Gobernador aludió, desde luego, a esas informaciones, y se apresuró a desmentir que tuvieran el menor fundamento por lo que se refiere a nuestra provincia. Pero sin negar la existencia de alguna inquietud entre determinados elementos sociales, lo que no tiene nada de extraño si se tiene en cuenta que los elementos extremistas tienen en nuestra provincia una de las mejores organizaciones y estamos en vísperas de la III Internacional, que los aludidos elementos celebran el primero de agosto de cada año, y suelen registrase con tal motivo algunos incidentes.»{63}
Sin embargo, a pesar de que el gobernador no quiso dar la sensación ante los distintos medios de mostrarse preocupado por la situación, a los pocos días de aquella reunión enviaba al ministro el siguiente informe de fecha 6 de agosto:
«Si bien es cierto que la revolución extremista que se anunciaba para el pasado día primero del corriente, no fue creída aquí por nadie, la pronunciación activa y resuelta de un movimiento revolucionario para fecha próxima, aunque imprecisa, por iniciativa y dirección de los elementos socialistas, es evidente, a juicio del gobernador que suscribe. Al menos, en lo que a Asturias se refiere no puede dudarse dados los informes que de la Policía y Guardia Civil se reciben en este Gobierno. Los múltiples indicios que se perciben de tal preparación, la propaganda pertinaz que entre las masas obreras se hace para que se dejen de discursos, prescindan de huelgas parciales, procuren a todo trance olvidar las diferencias con los demás sectores obreros y estén preparados para actuar en la calle en el mismo momento en que se les llame. Toda, absolutamente toda la propaganda es ésa, en la que no cambian a pesar de las multas, detenciones y procesos.

Y se da el caso de que la mantiene a diario el periódico Avance, órgano del Partido Socialista, cuyo tono violentísimo y provocador es tal, que no hay en España que le iguale siquiera. Y en esto no hay la menor hipérbole. En treinta y seis días que yo llevo en esta provincia, ha sido denunciado veintitrés, y recientemente sufrió dos fuertes multas, una de diez mil ptas. y otra de quince mil, que le fueron impuestas por el gobernador y el Sr. ministro, respectivamente.


La provincia de Oviedo es hoy, sin duda, uno de los más seguros baluartes del socialismo, tal vez el mayor de España. sus 86.000 votantes en las elecciones del 19 de noviembre, en las que los socialistas lucharon solos contra todos los partidos, incluso contra los republicanos de izquierda y los comunistas, demuestran una organización potentísima en grado sumo y un ambiente propio para cualquier intentona revolucionaria. Si esos 86.000 votos socialistas se suman 19.000 comunistas y 12 republicanos de izquierda, dan un total de 117.000 personas que, por lo menos, habían de simpatizar con el movimiento que parece incubarse, y, desde luego, hay que calcular que una tercera parte actuaría en él. Y aún habrá que añadir a este sector revolucionario activo, una cifra no inferior a 8 o 10.000 afiliados a la Confederación Nacional del Trabajo, que por no ser política no votó en las elecciones y no figura incluida, por tanto, entre los votantes citados. Esta masa tiene su principal organización en las zonas de Gijón y Langreo, pero la de esta última parte ofrece mayor cuidado por tratarse de mineros y metalúrgicos en su totalidad, gente más resuelta y violenta que ninguna.


La masa sindicalista se uniría sin vacilar, pues lo hace siempre, a cualquier intento subversivo y mucho más si se tiene en cuenta la campaña de por frente único y alianza obrera viene realizándose con éxito hasta ahora. La perspectiva de este verdadero ejército proletario extremista, es tanto más desoladora ante la posibilidad de un movimiento, cuanto que para hacerle frente existen sólo unos contingentes de fuerza reducidísimas y con medios muy deficientes de lucha. Principalmente y refiriéndose a los sitios excepcionalmente peligrosos resulta completamente inútil, cuando no contraproducente, tener en los pueblos de la cuenca minera puestos de la Guardia Civil con sólo 5 hombres que es la cifra corriente entonos. Esa fuerza cuando no ocurre nada, puede decirse que sobra, pero en el caso de presentarse algo serio, sería arrollada y exterminada por las masas con toda facilidad.


Urge, pues, establecer en la zona minera dos o tres concentraciones fuertes, ninguna inferior a cien hombres, los cuales habrían de localizarse precisamente en Sama de Langreo y Mieres, y acaso también en Pola de Siero y en Aller. Se da el caso inexplicable –que para el gobernador informante ha constituido un asombros descubrimiento– de que una población de la enorme importancia de Mieres, cuyo conejo comprende más de 60.000 almas, carezca de puesto de la guardia Civil desde hace muchísimos años. ¿Por qué? Pues sencillamente porque el municipio que es de significación socialista, como la gran mayoría del vecindario, se viene negando siempre a pagar los gastos de alquiler de una casa-cuartel. ¡Como si en estos casos el Estado, que es a quien debe interesar contar allí con fuerza propia para la seguridad pública, no debiera cargar a su cuenta este gasto imprescindible! Pues así ocurre aquí desde tiempos de la monarquía…»{64}


Uno de los periódicos que se había hecho eco de los rumores era el diario madrileño El Debate que titulaba su información con esta pregunta: «¿De verdad van a tomar el poder?»:

«Los socialistas truenan revolución y violencia: montan un frente único obrero quedándose con sus hilos en la mano; lanzan notas conminatorias como la que ayer mismo hablaba con ridículo énfasis del ‘terror blanco’; arman y adiestran a sus Juventudes, y preparan –no dudamos que las preparan– jornadas sangrientas.»{65}
No es de extrañar la preocupación de algunos medios ya que era muy corriente que muchos líderes socialistas arengasen a sus jóvenes cachorros en los distintos mítines que con frecuencia se venían celebrando en toda España. Uno de los que formaba parte del comité revolucionario de Asturias, Amador Fernández, analizaba la historia de la República y comparaba a la España de entonces con la Rusia de 1917.
«Hay que repetir el grito que entonces dio Lenin y que le condujo al triunfo: Ahora o jamás. La clase trabajadora española esta convencida de que la democracia burguesa no puede conseguir ya sus reivindicaciones mínimas y se dispone a tomar el poder para implantar en toda su extensión el programa máximo socialista.»{66}
El objetivo que perseguían los socialistas desde el primer momento era la confrontación armada, es decir, la guerra civil, de lo contrario sería muy difícil de entender lo que nos cuenta el oficial de Aviación Felipe Díaz Sandino, uno de los fundadores de la Unión Militar Republicana antes de la proclamación de la República, quien se expresa así:
«Poco antes del mes de octubre me visitó don Indalecio Prieto en mi casa de la calle de Consejo de Ciento, manifestándome que se preparaba un movimiento en Asturias contra el Gobierno de derechas, porque se tenían indicios de que traicionaba a la República, y me preguntó si yo podía acudir con mi escuadra al lugar que se me señalara. Le pregunté cuál era el programa político que se pensaba seguir en el citado movimiento y me contestó que, siendo la razón del mismo evitar que el Gobierno de entonces derrocara el régimen republicano (pues su tendencia no era otra), no podía haber otro programa que afianzar la República y liberarla de los enemigos. Le dije que, después de haber sido destinado Lecea{67} a la escuadra y del ascendiente que tenía entre los oficiales, en su mayoría monárquicos, no podía contarse con destacar los aviones a ningún lado ni para ninguna acción contraria al Gobierno, pero que de lo que sí le respondía era de que ni en Cataluña ni en ninguna otra parte actuaría la escuadra en contra de las izquierdas.»{68}

Sin embargo, a la negativa de este oficial de Aviación poco o ningún caso le hicieron los insurrectos que al comienzo de la Revolución intentaron hacerse con el control –al menos de alguno–, de los aeródromos. Según el historiador Pío Moa, «en los primeros momentos los rebeldes creyeron tener de su lado a los aviadores. Al comenzar el alzamiento el aeródromo de León corrió el peligro de caer en manos de los rebeldes, lo que hubiera cambiado el panorama de la lucha. Pero la intentona, si llegó a ser seria, quedo frustrada por la reacción gubernamental»{69}. De la misma forma opina Narcis Molins que cuenta cómo un grupo de revolucionarios se acercaron a la base aérea de León y después de parlamentar con varios soldados y decirles que pilotos no faltarán, nada pudieron hacer porque carecían de municiones y «el intento fue en vano; los oficiales armados que guardaban el depósito [...] se impusieron. No fue necesario que abrieran fuego»{70}.
Rafael Salazar Alonso, miembro del Partido Radical que desempeñó la cartera de Gobernación en uno de los gabinetes presidido por Lerroux, nos aporta un importante documento en el libro que dejó escrito. Se trata de una circular de las Juventudes Socialistas que oportunamente llegó a manos del ministro y que está fechada el 6 de junio de 1934:
«Nuestra única salvación son las Milicias. Organizados lo somos todo; desorganizados, nada. Es necesario que cada cual de nosotros tenga plena conciencia de los momentos gravísimos que se avecinan y de la fuerza común. Hay que crear inmediatamente las milicias. En muchos pueblos ya funcionan con admirable acierto y disciplina. De todos esperamos lo mismo.
Hay que tener en cuenta que la acción combativa en régimen de excepción ha de ser de ordinario el atentado personal. Por ello, esta organización, más que otra cosa, ha de tener una base terrorista.»{71}
Se refiere la circular a la necesidad de crear también una sección química para fabricar bombas y demás artefactos explosivos y advierte que todos los grupos que forman las Milicias deberán estar rigurosamente armados con toda clase de elementos de combate, ofensivos y defensivos para llevar a cabo una revolución triunfante y gloriosa que sin desmayar nunca les lleve a destruir al enemigo hasta en sus propias madrigueras.
Simultáneamente, las Juventudes Socialistas fueron también acusadas, por algunos medios, de practicar «ejercicios militares»{72}. O lo que repetía otro periódico al referirse al «hallazgo de pistolas y otros parecidos ‘razonamientos’ en poder de significados socialistas, unido a los ejercicios militares que al parecer realizan las juventudes del partido»{73}. Algo sobre lo que también manifestaba un periodista próximo al socialismo: «Entrenados por ex sargentos, con la cobertura de grupos de excursionismo, clubes culturales; participando en falsas meriendas campestres o romerías, uniformados con camisas rojas y armados con pistolas, los grupos de la JS actuaron en Asturias durante todo 1934 preparándose para el enfrentamiento decisivo»{74}. Y a los que Largo Caballero arengaba en el Congreso de las Juventudes con estas palabras, que recogía el periódico socialista en Asturias: «Hay que apoderarse del poder político; pero la revolución se hace violentamente: luchando, y no con discursos»{75}.
Serían precisamente de estos jóvenes socialistas de los que Indalecio Prieto se quejaba en un artículo que publicó el 22 de mayo de 1935 en el periódico El Liberalde Bilbao, al recordar que había formado parte del primer Comité de la primera Juventud Socialista de España, la de Bilbao, «que se fundó por iniciativa de Tomás Meabe{76}, y a quienes encauzamos los pasos iniciales de las juventudes no se nos ocurrió ni por asomo que éstas pudieran adquirir tal exceso de personalidad merced a su independencia absoluta con respecto al Partido, que les permitiera convertirse de elementos dirigidos en elementos directores y que, como consecuencia de ello, pudiera llegar el caso de que en vez de servir para cooperar sirvieran para estorbar»{77}.

«Por otra parte –escribe Marta Bizcarrondo–, la radicalización de las Juventudes no era cosa exclusiva del P.S.O.E., aunque en él tuviera ya precedentes tan significados como la fundación, en abril de 1920, del primer Partido Comunista Español por escisión de las Juventudes Socialistas. En la República, las J.A.P. están claramente a la derecha de Gil Robles; las J.A.R. son más radicales que Azaña, del mismo modo que la escisión aberriana de los nacionalistas vascos en 1921 había sido obra casi exclusiva de sus Juventudes. De 1934 a 1936, las Juventudes Socialistas imprimirán un impulso fundamental al cambio en el partido; un sector de las mismas es ya, desde 1932, la avanzada de la posición revolucionaria defendida por el largo-caballerismo.»{78}

Posición que seguirían teniendo incluso después de fracasada la insurrección. Vuelve a ser Rafael Salazar Alonso quien algo confuso no llega a entender que las Juventudes Socialistas siguieran incitando a la revolución nada más haber perdido la de octubre de 1934. El hombre de la calle no salía de su asombro al leer con enorme estupor un panfleto que los mismos jóvenes socialistas habían escrito invitando a la clase trabajadora a resistir y a organizarse militarmente y clandestinamente.« Nuestro Ejército rojo –decían– conforme crezca a fuerza del socavamiento de la fuerza represiva del Estado ha de ser dirigido por la organización insurreccional»{79}. En este momento siguen reconociendo a Largo Caballero como el jefe indiscutible del nuevo futuro amanecer sedicioso:

«La Federación de Juventudes Socialistas de España, hoy más unida y más fuerte que nunca, se inspira a lanzar estas consignas en la historia revolucionaria del proletariado de nuestro país y en las mejores tradiciones del bolchevismo ruso y en los grandes paladines del socialismo clásico: Marx y Lenin.
Las Juventudes Socialistas consideran como jefe de este resurgimiento revolucionario al camarada Largo Caballero, hoy víctima de la reacción que ve en él su enemigo más firme.»{80}
En torno a Caballero el socialismo comienza a alzarse amenazador. Sus dirigentes, huidos, encarcelados o agazapados, después del fracaso revolucionario, inician una nueva atracción de las masas. Toda la izquierda forma la misma línea de combate, pero no para jugárselo todo cara a cara, sino para esperar a que los de enfrente, cansados y destrozados les den hecha la victoria. Todo parecía que lo tenían a su favor, hasta el punto de que quien en un futuro muy próximo llegaría a ser delegado de la consejería en la Dirección General de Seguridad en la época en que Santiago Carrillo era consejero de Orden Público, el periodista y abogado Segundo Serrano Poncela, reconociese:
«Jamás se ha dado el caso de que un partido marxista revolucionario, después de ser vencido en una contienda violenta, perviva con la intensidad que pervive el socialismo español. Todo está igual, salvo la prohibición de editar el órgano central del partido. El resto de las posibilidades de discusión y propaganda funciona: Prensa en provincias, Casas del Pueblo abiertas, facilidad para celebrar Asambleas. Nada mejor que estos ejemplos para demostrar el empuje del movimiento insurreccional de octubre, ejemplo imperecedero para el socialismo universal, que habrá de tener en cuenta al gestarse nacional o internacionalmente futuras contiendas.»{81}

Y era cierto, porque las jóvenes socialistas asturianos seguían vistiendo sus camisas rojas todos los días festivos y con ella asistían a todos los lugares que se les apetecía, y esto, a pesar de que en el Ministerio de la Gobernación habían prohibido toda clase de apariciones en público de individuos uniformados. Hubo un caso que se produjo en la localidad de Olloniego, del concejo de Oviedo, en el que los jóvenes socialistas llegaron a formar «ante la propia Casa Cuartel de la Guardia Civil, levantando el puño»{82}.
El que había sido minero y, desde muy joven militante de la UGT, después facultativo de minas y más tarde diputado a Cortes y también ministro, el asturiano Ramón González Peña{83} –quien confesó haber leído a Marx, encontrando su doctrina algo complicada, pero que él era marxista{84}–, considerado uno de los máximos responsables de la Revolución en Asturias, en una conferencia que pronunció en el Centro Obrero de Oviedo durante el ciclo organizado por las JJ. SS., daba normas para la actuación común del proletariado invitando para ello a la revolución social: «Hay que hablar de ella –insistía– no en el centro obrero, sino en la tertulia de café, en el taller, en la fábrica, en la oficina, en la mina, en el campo, hasta que se convierta en una tromba que lo arrastre todo a su paso»{85}.
Meses más tarde, declaraba en Oviedo:
«Al fascio no se le amansa con músicas; para amansarle hace falta un fusil ... Ir preparándose sin cesar para ir a la montería a dar la batida a todas las fieras, al régimen capitalista. Pero ya sabéis cómo.»{86}

Una vez sofocada la revolución, Peña fue detenido y ante su declaración en el Consejo de Guerra, Largo Caballero le acusó de presentar a los «revolucionarios como sanguinarios, haciendo necesaria su intervención para evitar desmanes. Trató de atenuar la importancia de su intervención con el fin de evitar una condena grave»{87}
Guerra preventiva
Así es como la definió Gustavo Bueno en El Catoblepas, septiembre de 2003, y que más tarde recogerían algunos periódicos: «¿Cómo pueden olvidar en España las corrientes de izquierda que la Revolución de Octubre del 34 equivalía al principio de una guerra civil preventiva, ante la gran probabilidad de que el Gobierno de Lerroux, que había dado entrada en el Ejecutivo a tres diputados de la Ceda, diera un golpe de Estado fascista al estilo Dolfuss?»{88}. Por otro lado, Bueno había denominado «Síndrome de Pacifismo Fundamentalista» al conjunto de fenómenos sociales que estaban teniendo lugar durante los primeros meses del año 2003 que expresaban algunos ciudadanos en forma de manifestaciones públicas con un «¡No a la guerra! ¡Paz!», en el contexto de la invasión del Irak por los ejércitos anglo-americanos. Y Bueno seguía haciendo estas consideraciones: «¿No apoyó el Partido Social-demócrata alemán la I Guerra Mundial, y dirigentes destacados suyos, como hemos dicho, fusilaron a los líderes que se oponían a la guerra?». «¿Cómo los comunistas pueden olvidar que la Revolución de Octubre exigió el asalto al Palacio de Invierno, y los planes quinquenales de Stalin exigieron la muerte de millones de ciudadanos?». «¿Y cómo olvidar los proyectos del Partido Comunista de España, tras la II Guerra Mundial, para organizar un Ejército guerrillero capaz de derribar al régimen de Franco, supuestamente en agonía?». «¿Y Cuba?». «¿Y la guerras de liberación nacional de África o América del Sur?»{89}.
Son siete las personas que intervendrían en la respuesta al filósofo; principalmente sobre su referencia a la Revolución de Asturias, donde se mezclaron analistas de la izquierda y estudiosos de la Historia que enjuician la «provocadora» propuesta de Bueno. Paco Ignacio Taibo es el primero en emitir su opinión y lo hace con estas palabras:
«Es obvio que la Revolución de Asturias trata de anticiparse al ascenso del fascismo, sobre todo tras la experiencia de Austria, donde Dollfuss había metido los tanques en los barrios obreros, y del triunfo en Alemania e Italia. En Asturias, ya desde 1933, se vive un periodo de represión y censura muy acusado. El diario socialista Avance, creado en 1932, sufre 60 cierres, además de censuras y prohibición de distribución. Había un clima muy crispado. La huelga de La Felguera fue una situación brutal. Dominaba la idea de que había que parar el fascismo. La situación de Asturias de 1934 no es comparable en absoluto con la de Irak en 2003. El problema de utilizar metáforas históricas es que, como en aritmética, no se pueden sumar peras con manzanas. No se puede comparar, bajo ningún modelo, la actuación de un Gobierno que responde a una lógica imperial, como es el caso de los EE.UU en la actualidad que busca el dominio geoestratégico e un área determinada y del mundo y que pretende garantizar su reelección electoral construyendo el voto interno desde la paranoia de que el mal está fuera, con la resistencia de los obreros en una época de ascenso y auge del fascismo en Europa. Si no se explican los contextos, las metáforas históricas no funcionan. Yo no comparto en absoluto esa afirmación.
El obrero asturiano de 1934, cuando miraba el futuro, lo que veía era el crecimiento del fascismo en todo Europa, con una estructura totalitaria, la ilegalización de partidos y la instalación de regímenes como los de Hitler y Mussolini, y, en España, gentes en los mítines de la Ceda gritando, con el brazo en alto, ¡Jefe, jefe!»{90}


No sabemos si Taibo leyó a Salvador de Madariaga y lo que este liberal escribió respecto al fascismo de José María Gil Robles. Estamos seguro que sí lo leyó, pero la frescura de este escritor es tan grande que vuelve a insistir sobre el tema siempre que se le presenta la oportunidad. Además, ni Mussolini ni Hitler tenían nada que ver con la CEDA, ésta era «vaticanista» y el primero chocó con la iglesia y el segundo quiso destruirla. Pero a Taibo le da lo mismo que se diga una cosa u otra porque nunca cambiará su discurso. En cuanto a que el obrero asturiano veía el crecimiento del fascismo en todo Europa no se lo cree ni el propio Taibo porque a los obreros de Asturias les preocupa tanto del fascismo como tocar el violonchelo. Por otro lado, Araquistain, que había sido embajador en Berlín coincidiendo con la subida al poder de Hitler, en un artículo poco conocido publicado en Foreign Affairs en abril de 1934 fue desechando uno por uno todos los peligros aparentes que acechaban a la República y a los socialistas: «No existe un ejército desmovilizado... no existen cientos de universitarios sin futuro, no existen millones de parados. No existe un Mussolini, ni siquiera un Hitler; no existen las ambiciones imperialistas ni los sentimientos revanchistas... ¿A partir de qué ingrediente podría obtenerse el fascismo español? No puedo imaginar la receta»{91}.

En parecidos términos se pronunciaría más tarde Largo Caballero cuando en un discurso ante la OIT y con la presencia de varias representaciones de trabajadores de países americanos pronunció estas palabras: «En España, afortunadamente, no hay peligro a que se produzca ese nacionalismo exasperado, porque no existen las causas que se dan en otros países. No hay Ejército desmovilizado y sin trabajo, como ocurrió en ciertos países al concluir la guerra. No hay millones de parados que oscilen entre la revolución social y el ultranacionalismo... No hay nacionalismo expansivo, ni militarismo que sueñe en colonias ni en guerras de conquista. No hay líderes nacionalistas. Nosotros tuvimos ya una Dictadura, pero pasó para siempre a la historia y no volverá»{92}. Dictadura con la que los socialistas no tuvieron ningún problema en colaborar como hemos visto y después de haber rechazado las proposiciones de los comunistas y anarcosindicalistas para formar un frente común precisamente contra esa Dictadura.
Juan Ramón Pérez las Clotas periodista asturiano, autor de varios artículos donde toca el tema de la Revolución de Asturias, cuando el periódico le pide su opinión a lo declarado por Bueno, dice:
«No resulta en absoluto gratuita la puntualización del profesor Bueno sobre el carácter de «guerra civil preventiva» de la Revolución de Octubre. La historiografía más solvente no duda ya en atribuir al golpe una dimensión cuasi bélica que trasciende muy por encima de su concepto como movimiento espontáneo de insurrección popular. Se trataba inequívocamente de un levantamiento, perfectamente organizado y estructurado, mediante el que la izquierda se prevenía de un posible golpe de la derecha, a imagen y semejanza del dado por el canciller Dollfuss en Austria. Argumento, por otra parte, cuya falacia va a quedar al descubierto cuando, tras los combates, el Gobierno victorioso, respaldado mayoritariamente por los españoles, desaprovecha tan magnífica ocasión para terminar de una vez con la República constitucional, tal como sus adversarios presumían que haría. El acceso de la Ceda al poder fue tan sólo un mero pretexto para el inicio de una acción bélica que inicia de facto la guerra civil dos años antes del 36. Y su última razón se inscribe únicamente en la mentalidad golpista del PSOE desde que Largo Caballero se pone a su frente. Acierta, pues, el profesor Bueno en su análisis como lo hace también al recordar el intento escasamente pacifista del Partido Comunista de promover una segunda guerra civil con la entrada de unidades guerrilleras por los Pirineos tras el final de la Guerra Mundial.»{93}
Compartimos este punto de vista de las Clotas en su totalidad. Cita a Largo Caballero figura fundamental para entender mejor la Revolución de Octubre del 34 que venía preparando desde que la izquierda perdió las elecciones de 1933. No hay, pues, porqué repetir las cosas porque están muy claras a pesar de que muchos se empeñen una y otra vez en acogerse a argumentos que no se sostienen de pie por mucho que reiteradamente los repitan hasta la saciedad. Es su arma de hoy y de siempre, la tergiversación de los hechos, en resumidas cuentas, la mentira.
José María Laso Prieto, comunista, escritor, admirador y alumno de Gustavo Bueno, quien le ha prologado sus Memorias, no parece, en esta ocasión, estar de acuerdo con su maestro, porque dice:

«Mi interpretación y la de la mayoría de los historiadores de izquierda e, incluso, de alguno de centro es totalmente distinta. Estaban los precedentes de Italia (1923), Alemania (1933) y Austria (1934), en los que el fascismo se impuso por la vía legal. De ahí surgió el famosos eslogan «Antes Viena que Berlín», porque en Viena los trabajadores se habían defendido, mientras que en Alemania no había habido oposición al nazismo.

No había habido oposición a causa, entre otras razones, de la división entre socialistas y comunistas. En España, la Ceda, de José María Gil-Robles, se revestía también de formas neofascistas e incluso no había aceptado la II República, definiéndose como «accidentalista». En Covadonga se celebró la concentración de las Juventudes cedistas. En 1934 el PSOE había advertido de que, si se nombraban ministros pertenecientes a la CEDA, se interpretaría como una provocación por parte de la derecha y como un intento de establecer el fascismo por la vía legal, por lo que en tal caso, se advirtió, habría una huelga general. La hubo en toda España, aunque en Asturias lo que se produjo fue una insurrección armada por parte de milicias de obreros, fundamentalmente del PSOE, que organizó y asumió la responsabilidad política. En Asturias se logró la unidad de acción de socialistas, comunistas y anarquistas. Pero niego el concepto de «guerra preventiva». Podría interpretarse como una «insurrección preventiva» respecto a la implantación del fascismo por la vía legal, pero nadie ha utilizado ese término. Se le llamó Revolución de Asturias, pero tampoco se correspondió con el concepto y esquema clásico de las revoluciones. Fue una movilización de milicias armadas del PSOE para impedir la implantación del fascismo, aunque pudiera haber algún sector que creyera que estaba haciendo una revolución social. Pero su carácter fundamental no era ése. Indalecio Prieto se arrepintió e hizo una autocrítica en México porque el peligro fascista no era en aquel momento tan real como supusieron de buena fe. Terminológicamente, el concepto de «guerra preventiva», que es muy reciente, ni se aplicó durante los hechos ni puede ser contaminado por la estrategia de emergencia del presidente de EEUU, George Bush. El 34 no fue una guerra preventiva, sino una insurrección, aplicando el lema «Antes Viena que Berlín», y con pretensiones de revolución social. Los socialistas españoles prefirieron actuar como los socialistas austríacos, donde las organizaciones obreras se resistieron con las armas en la mano frente al Gobierno, antes de ser «cazados como conejos», como ocurrió en Alemania por parte de los nazis. Sólo cabe hablar de guerra cuando se enfrentan dos estados, salvo que sea una guerra civil. El 34 no fue ni lo uno ni lo otro. La guerra civil española no empezó en 1934. Esa es una falsedad notoria. La resistencia al intento de vaciar de contenido la República no se puede comparar con la sublevación franquista, que supuso un derrocamiento de la República como institución y como sistema político.»{94}


José María Laso emplea el mismo discurso que hace toda la izquierda. En su caso parece una temeridad decir que «el PSOE había advertido de que, si se nombraban ministros pertenecientes a la CEDA, se interpretaría como una provocación...». Pero ¿quién era el PSOE para lanzar esa amenaza? En primer lugar: está fuera de lugar esa bravata en un régimen democrático como el que había en octubre de 1934, ya que el presidente Alejandro Lerroux, encargado por el presidente de la República Alcalá-Zamora de formar Gobierno, estaba en su perfecto derecho de nombrar a los ministros que quisiera. En segundo lugar: ha quedado más que demostrado que una revolución, o guerra preventiva, como fue aquella, no se preparara en cuatro días sino que la misma venía, como ya se ha demostrado, desde que la izquierda perdió las elecciones en noviembre de 1933. Por ello sorprende enormemente que José María Laso Prieto utilice el argumento de los ministros de la CEDA porque es al que suelen recurrir personas sin mayores recursos históricos ni políticos. Por eso es conveniente, una vez más, recordar que la «guerra preventiva» era algo que ya estaban preparando los socialistas desde hacía mucho tiempo como muy bien nos recordaba el catedrático Juan Avilés Farré en su libro ya citado y que Javier Tusell califica de «modelo de monografía sobre la historia de un partido político», que añade a lo ya expuesto: «En tanto, el 27 de enero [1934], el Comité Nacional de la U.G.T. aprobó un plan insurreccional. El 4 de febrero, Prieto en un discurso detalló el programa revolucionario. A diferencia de Largo Caballero, Prieto quería que los republicanos de izquierda se incorporaran al movimiento»{95}.

José Ignacio Gracia Noriega, escritor, ex afiliado al PSOE y discípulo también de Gustavo Bueno, escribió en una ocasión un artículo titulado Polémicas republicanas{96}. En el mismo, a la revolución del 34 la llama «preámbulo de 1936». A esto último contestó José María Laso Prieto{97} exponiendo, más o menos, los mismos argumentos que los expuestos anteriormente por Bueno. Gracia Noriega le contesta en estos términos: «La sublevación de 1934 se efectuó contra la República, aunque se hiciera para protegerla. Y después del triunfo del Frente Popular en febrero de 1936, el PSOE poco apoyo le dio a la República, dejándola gravemente desamparada»{98}. Gracia Noriega, al contrario de Laso Prieto, dice que está completamente de acuerdo con su maestro, y lo expone en estas pocas palabras:

«Estoy completamente de acuerdo con Gustavo Bueno. La explicación que se dio reiteradamente de la Revolución del 34 fue que se hacía para evitar que en España se estableciese un Gobierno de derecha más o menos duro, dado el avance de nacionalsocialismo en Alemania». Por lo tanto, fue una guerra preventiva. Esa fue la explicación que siempre dieron los socialistas. Por eso no se entiende que los socialistas se molesten tanto con la «guerra preventiva» cuando lo tienen dentro de su propia historia.»{99}
Indudablemente compartimos la opinión de Gracia Noriega y lo mismo que él no se sabe porqué molesta tanto a los socialistas que se hable de «guerra preventiva» cuando lo tienen dentro de su propia historia.
Pedro de Silva fue presidente del Principado de Asturias con el PSOE. En la actualidad está retirado de la política para dedicarse, según dicen, al cultivo de las letras, pero de momento los logros obtenidos en el mundo de la novela, de la poesía, de la narrativa, de las letras en general, no han sido nada espectaculares. Posiblemente hayamos perdido un buen político y nos hemos encontrado con un mal escritor algo que hace con frecuencia en un diario ovetense en donde un día salió al paso de las palabras de Ana Botella cuando la mujer de Aznar pidió a los socialistas «condenar el golpe al Gobierno legítimamente constituido de la II República en 1934». De Silva escribió entonces, de forma maniobrera: «Que un socialista de hoy pida perdón por la Revolución de 1934, como exige Ana Botella, sería una ofensa a sus actores. ¿Quién es nadie para pedir perdón por Largo Caballero, o por González Peña o, incluso, por Prieto (quien por cierto pidió perdón en 1942)?»{100}. Claro, de Silva se olvida de la cantidad de veces que los socialistas están reclamando que los demás pidan perdón, la Iglesia incluida, por muchas cosas que otros han hecho a lo largo de la Historia. Pero volvamos a lo que Pedro de Silva desde su punto de vista contestó al catedrático Gustavo Bueno:

«No entraré en si la idea de «guerra preventiva» es aplicable a la Revolución de Octubre de 1934, como firma el profesor Bueno, pues se trata de un mero juego, con intención provocadora (siempre estimulante, desde luego). En realidad, todos los actos de nuestra vida individual y colectiva son preventivos de algo, por lo que, para responder a la cuestión, deberíamos, previa y preventivamente, asignar un significado al concepto «preventivo». Por lo demás octubre de 1934 está sirviendo para una práctica de «revisionismo histórico» sobre la guerra civil, o sea, una reescritura de la Historia. El punto de vista de ese revisionismo incurre, a mi juicio, en un doble error. Por un lado, «enjuicia» (pues su propósito es «judicial») los sucesos de octubre fuera de su contexto, e incluso en el contexto de una democracia como la de hoy. Por otro invierte el sentido de la Historia, desescalándola e interpretándola de forma inversa, incluso desde un punto de vista de las intenciones, en una pesquisa un tanto policiaca de responsabilidades y responsables. Siguiendo este método la guerra civil sería una «consecuencia» de la Revolución de Octubre (lo cual es evidente en la pura secuencia temporal) y «por tanto» (he ahí el salto en el vacío) los que protagonizaron ésta serían causa remota de la guerra, convirtiendo a Franco en una mera causa próxima, casi en un ejecutor de un destino programado por «Octubre» (o sea, por Largo Caballero y el PSOE). Es una tergiversación ingeniosa, pero falaz. La secuencia más correcta sería que «Octubre» es una consecuencia (en sentido histórico y en sentido causal) de la revolución de 1930, que dio lugar a la II República meses después. De hecho los mentores de «Octubre» tratan al programar el asunto, de refundar la República, tras la quiebra provocada por el acceso al poder de sus enemigos declarados y el desmantelamiento sistemático de sus contenidos transformadores. Esa «refundación» se intenta hacer, es cierto, sobre bases más radicales: desmontaje de todo aparato militar represivo «reaccionario», radicalización de la reforma agraria y plenitud del laicismo del Estado y la educación, que son las tres líneas básicas del programa que el PSOE y la UGT aprueban en enero de 1934, a propuesta de Indalecio Prieto. Por último, cabe señalar, en esta reflexión un tanto acelerada, que «Octubre» se produce en el contexto de un periodo internacional de crisis de las democracias (burguesas) por efecto de una agudización de la lucha de clases, en la que amplios sectores de la burguesía se refugian en el fascismo, y la mayor parte del movimiento obrero en una estrategia revolucionaria, quedando barridos los moderados de centro derecha y centro izquierda. Volviendo al principio, y puestos a jugar con el término «preventivo», podríamos decir: el fascismo es preventivo (del bolchevismo), la radicalización revolucionaria de los moderados es preventiva (del fascismo), el Gobierno militar es preventivo (de la radicalización revolucionaria), etcétera. Son, todos ellos, juegos posibles desde el actual confort socialdemócrata, que, a su vez, es una acumulación de respuestas preventivas a la irrupción revolucionaria. Dicho de otro modo (en el mismo tono de juego): de no haber sido por los revolucionarios, la mayor parte de sus críticos no hubiera accedido a la educación superior.»{101}

El escritor, como él mismo dice ser, Pedro de Silva emplea la retórica para contestar a Bueno consiguiendo aburrir al lector acudiendo a tópicos trasnochados. Habla de la revolución de 1930 para confundir ya que ésta nada tuvo que ver con lo que más tarde fue la de Octubre de 1934. En resumidas cuentas, Pedro de Silva no logra desmontar lo dicho por Bueno. Si el final de su extenso párrafo quiere decir, como efectivamente dice, que de no haber sido por los revolucionarios, la mayor parte de sus críticos no hubieran accedido a la educación superior, ya nos contará Pedro de Silva en qué Universidad iban a estudiar porque de todos es sabido que esos revolucionarios lo primero que hicieron fue quemar la Universidad de Oviedo, es decir, convertir en cenizas las piedras del templo de la inteligencia ovetense. Por otro lado, está obsesionado con el fascismo algo que no había en España en 1934 y menos en el 2003 porque este mismo año escribe un ensayo en un diario ovetense, del que es habitual colaborador, que termina con estas palabras: «...pero no conviene quitar importancia a la glorificación de fascistas del pasado, reavivando su recuerdo, sus valores, sus gestos»{102}. Indudablemente para de Silva todos los que no piensan como él son fascistas. Esto es algo muy viejo dentro del lenguaje de las izquierdas, sin embargo esas izquierdas a las que pertenece de Silva no tuvieron ningún inconveniente en colaborar con la Dictadura de Primo de Rivera como ya ha quedado constancia, pero que conviene insistir. «Sería interesante hojear la colección de El Socialista, día por día, desde el 14 de septiembre de 1923 hasta el 29 de enero de 1929, y hacer un recuento de todos los actos de propaganda realizados por los socialistas durante ese tiempo», escribe Joaquín Maurín{103}. Por otra lado, de Silva, olvida el lenguaje utilizado por Largo Caballero:

«En la teoría, se mantiene que la clase trabajadora tiene que apoderarse del Poder político. Esto no es una cosa inventada hoy; en el programa socialista de hace muchísimos años está, como primer punto, la conquista del poder político para la clase trabajadora. ¿Y para qué quiere ésta el Poder político? Nuestros enemigos nos acusan de que, con el Poder político, queremos establecer la dictadura del proletariado, no para reformar, sino para transformar el régimen actual. Ya en otra ocasión manifesté que muchas veces, sobre todo en nuestro país, que más se fija en las palabras que en su sentido, se considera la conquista del Poder para implantar la dictadura del proletariado como una aberración y una enfermedad. Incluso hay socialistas que hablan en contra de todas las dictaduras, (Se oyen gritos de «¡Muera el fascismo!»). Y nosotros, como socialistas marxistas, discípulos de Marx, tenemos que decir que la sociedad capitalista no se puede transformar por medio de la democracia capitalista. ¡Eso es imposible!

Esto es la diferencia que puede haber entre algunos camaradas y otros. Hay quien tiene todavía la esperanza de que el capitalismo va a ceder en su actuación y va a dejar el camino libre al socialismo marxista para la instauración de un nuevo régimen; y otros creemos, porque la historia así nos lo dice, que eso no es posible, que no hay ninguna clase que, voluntariamente, estando en el Poder, abandone ese Poder y se lo entregue a otra clase. Ese poder lo defenderá hasta última hora, y si se quiere conquistar, habrá que conquistarlo, no ya como dijo Marx sino incluso como decía nuestro querido maestro en España, Pablo Iglesias: revolucionariamente (Se oyen vivas a Pablo Iglesias).»{104}


Bernardo Díaz Nosty, autor del libro La comuna asturiana, citado en páginas anteriores, pretende, sin conseguirlo, desmontar el aparato ideológico que, según su opinión, ha desvirtuado la integridad de unos hechos, en su propia versión. Para él nació una leyenda negra al calor de los rumores de un periodismo conservador y de la censura que amordazó las expresiones de la izquierda. Sin embargo, después del tiempo transcurrido, esa izquierda sin mordaza alguna no ha conseguido justificar lo que fue una «una guerra preventiva» y si no les gusta este término dejémosle en una serie de actos de barbarie que ocasionaron muchas muertes injustificadas y actos de vandalismo cuyos ejemplos más notables ya se han señalado y no es cuestión de volver a repetir. Nosty no está de acuerdo con el profesor Bueno ni con su punto de vista sobre lo que el filósofo llamó «guerra preventiva» y para demostrarlo aporta su criterio de lo que para él fue la Revolución de Asturias:

«No puedo coincidir con la afirmación del profesor Bueno, pero su opinión debe llevarnos a descalificar su derecho a la discrepancia o, si llegara el caso, a la extravagancia. Tan malo como el blanqueo de la Historia y la pérdida de la memoria es su recreación caprichosa, que descontextualiza esta o aquella escena de la secuencia cronológico y la coloca, según la conveniencia del momento presente, junto al héroe o al villano. Un viejo truco, frecuente en la retórica política, que, cuando toma visos de prestidigitación académica, puede acabar en estafa intelectual. Es difícil, si vamos al contexto, casar los tiempos del «burro dinamitero» con el de las «bombas de racimo». Y si hablamos de prevenciones, nos perderíamos en seguida con los caprichos de historia y terminaríamos convirtiendo a la preventiva Santina en la primera Virgen xenófoba de la Historia... (Contextualicen: entren en un buscador de Internet como Google y escriban los descriptores Gustavo+Bueno+Guerra+Preventiva y tal vez entiendan mejor el sentido, el sentimiento, el alcance actual de la rebeldía de nuestro pensador).»{105}
Díaz Nosty para contestar a Bueno ha echado mano de una prosopopeya muy propia de quien no tiene argumentos suficientes para rebatir las exposiciones que otros tienen en hechos muy determinados como en este caso ha sido el punto de vista del filósofo cuando piensa que la Revolución del 34 fue una guerra preventiva. El decir que la opinión de Bueno no debe llevarnos a descalificar su derecho a la discrepancia o, si llegara el caso, a la extravagancia me parece de una presunción de quien al parecer se cree que está por encima del bien y del mal. Sus argumentos para desmontar lo dicho por Bueno puede pensar el propio Díaz Nosty que son muy académicos, pero desde luego lo que no son, son convincentes bajo ningún concepto.
El historiador Pío Moa es el último de los entrevistados y ésta es su opinión sobre aquel suceso:
«Lo que ocurrió en octubre de 1934 –que se intentó en toda España, pero que sólo se llevó a cabo en la cuenca minera asturiana– fue, en efecto, una guerra civil, planificada como tal. Pero no se puede decir que tuviera carácter preventivo –por temor a represalias–, sino que fue planificada con carácter ofensivo con el fin de establecer un régimen de tipo soviético. Posteriormente, en su propaganda dijeron que había sido una especie de acción espontánea y defensiva ante el auge de la derecha. Creo haber demostrado que los documentos del PSOE prueban que esa versión es falsa. De hecho, el sector dominante en el PSOE se definió como bolchevique frente a Julián Besteiro, que era el moderado y que fue arrumbado. Está claro que fue una guerra civil y que el carácter preventivo fue una excusa «a posteriori» porque en realidad su naturaleza era ofensiva. Los implicados no rectificaron luego y por ello quedó en el país una atmósfera de guerra civil.»{106}

En la revista El Catoblepas, nº 20, octubre de 2003, a estas contestaciones les responde, a modo de reflexión, o de «criticar», como él mismo dice, Antonio Sánchez Martínez, profesor de Instituto. Comienza con Taibo que dice estar en la línea de Paul Preston y otros historiadores progres porque para Sánchez Martínez decir que la CEDA era fascista es una simplificación demasiado burda. Sigue Sánchez Martínez analizando lo dicho por Pérez las Clotas, José María Laso, Gracia Noriega, Pedro de Silva, y Pío Moa.
Estos comentarios de Antonio Sánchez Martínez sirvieron más tarde para que el periódico La Nueva España, que venía haciendo un seguimiento a partir de que Bueno llamara «guerra preventiva» a lo que fue la Revolución del 1934, se hizo eco de los puntos de vista del profesor Sánchez Martínez. Así pues «la polémica sigue abierta» termina diciendo el diario ovetense.{107}
De todas las maneras tampoco hay que olvidar las palabras de Ramón Rubial. Éste llegó a decir cosas así: «El día que se meta el escapelo a la historia de España y se conozca la responsabilidad del Partido [Socialista] en el desencadenamiento de la guerra civil, posiblemente tengamos un baldón de ignominia por no haber sabido estar a la altura de las circunstancias...»{108}. Esta opinión refuerza, sin ningún género de duda, la tesis de Gustavo Bueno porque hay que tener en cuenta que no es de un socialista cualquiera, es de un socialista que participó en la primera línea de la Revolución de Octubre de 1934.
La guerra civil que vino después, fue la guerra de las dos Españas, y esa guerra, aunque muchos se empeñen en no reconocer, empezó con la Revolución de Octubre que sería la «guerra preventiva» y «la introducción a la guerra civil, que estaba en puertas. Toda esperanza de que la República constituyera un régimen de convivencia y de paz quedó rota», escribe Antonio Garrigues Díaz-Cañabate{109}, quien también añade:

«Prieto fue encargado del anuncio revolucionario en las Cortes. Lo hizo contra lo íntimo de su conciencia, pero pronunció estas palabras terribles: «Decimos, señor Lerroux y señores diputados, desde aquí al país entero, que públicamente contrae el Partido Socialista el compromiso de desencadenar en ese caso –en caso de la CEDA al Poder– la revolución». Era el anuncio institucional, por así decirlo, de las amenazas que se habían hecho antes de las elecciones. Largo Caballero había dicho: «Aunque triunfemos en las elecciones, la lucha persistirá hasta que triunfemos plenamente». Y el mismo Fernando de los Ríos, de talante moderado, movido de la pasión del momento, llegó a decir en Valladolid: «A vender el día diecinueve en las urnas, y, si somos derrotados, a vencer el día veinte en las calles».
Estos testimonios se multiplicaron, porque fueron un vendaval. El periódico socialista Avance, de Asturias, se convirtió en un panfleto revolucionario en el estilo más radical y demagógico, pero no fue sólo el Partido Socialista. Azaña y Casares Quiroga dijeron que si el Gobierno tenía las instituciones, el Parlamento y la calle no los tendría nunca...»{110}


Así y todo, el catedrático David Ruiz sigue empeñado en decirnos que de no haberse producido la Guerra Civil de 1936, «tampoco Octubre de 1934 hubiera pasado de ser un conflicto obrero más»{111}. Esta interpretación esta fuera de lugar porque evidentemente no se puede considerar como un conflicto obrero más, cuando hubo demasiadas muertes además de la desolación y destrucción de la ciudad de Oviedo. Asimismo, Ruiz dice que «afirmar que la guerra civil empieza en el 34 es una auténtica falacia destinada a oxigenar el franquismo moribundo»{112}. Este catedrático no sabe lo que dice porque entre los que muchos así opinaron están Sánchez-Albornoz y Salvador de Madariaga que nada tuvieron que ver con el franquismo sino más bien todo lo contrario.
Notas
{1} Diario La Nueva España, Oviedo, 26-III-2009, pág. 33.
{2} El total de fuerzas que participaron en la insurrección de la Revolución de Asturias fue unos 60.000 hombres, según declaró Ramón González Peña –uno de los cabecillas de la revolución– ante el consejo de guerra que lo juzgó el 15 de febrero de 1935.
{3} Fernando Solano Palacio,La Revolución de Octubre. Quince días de Comunismo Libertario. Fundación de Estudios Libertarios, Madrid, 1994, pág. 177.
{4} Juan Antonio Cabezas,Morir en Oviedo. Editorial San Martín, Madrid 1984, pág. 71.
{5} N. Molins i Fábrega,UHP La insurrección proletaria de Asturias. Ediciones Júcar, Madrid, 1977, Pág. 57. Narcis Molins era militante del POUM (Partido Obrero Unificado Marxista) y miembro de su Comité Ejecutivo.
{6} Gil Nuño del Robledal,¿Por qué Oviedo se convirtió en Ciudad Mártir? Talleres Tipográficos F. de la Presa, Oviedo, 1935, pág. 50.
{7} Diario El Comercio, Gijón, 27-III-1936.
{8} Jaume Alexandre,La insurrección de Octubre. Cataluña, Asturias, Baleares. Res Publica Edicions, Sant Jordi (Eivissa), 1997, IX. Alexandre Jaume, según el citado libro, fue fusilado en 1937.
{9} Diario La Nueva España, Oviedo, 13-X-1984, pág. 9.
{10} El punto 49 de las Instrucciones revolucionarias, decía: «Las casas cuarteles de la Guardia Civil deben incendiarse si previamente no se entregan. Son depósitos que conviene suprimir».
{11} Relato de la última Guerra Civil por un testigo imparcial (así firma este anónimo autor), Revolución en Asturias. Editorial Castro, Madrid, 1934, pág. 97 y ss.
{12} Luciano González Egido,Agonizar en Salamanca Unamuno (julio-diciembre 1936). Alianza Editorial, Madrid 1986, págs. 62 y 63.
{13} Diario La Nueva España, Oviedo, 25-II-2001, pág. 16.
{14} Frank Jellinek,La Guerra Civil en España. Ediciones Júcar, Madrid, 1977, pág. 149.
{15} Diario La Voz de Asturias, 25-II-2001, pág. 44. Sin embargo, Gregorio Peces-Barba a la llegada a Madrid de los restos de Largo Caballero el 6 de abril de 1978, no tuvo ningún recato en declarar: «Fue un gran socialista, que luchó por la clase trabajadora y por el socialismo». En ese momento Peces-Barba se olvidaba de la Revolución de Octubre, es como si no hubiera existido. Ver diario La Nueva España, Oviedo, 7-IV-1978, pág. 5.
{16} El historiador Tuñón de Laraen unas declaraciones al diario La Nueva España,(2-XI-94, pág. 6) refiriéndose a la Revolución de Octubre admite que la Unión Soviética tenía entonces una gran influencia sobre la izquierda socialista, pero «especialmente en las Juventudes».
{17} Juan García Oliver, dirigente anarcosindicalista nacido en Reus en 1908. Formó junto con Buenaventura Durruti y Francisco Ascaso el grupo terrorista «Los solidarios». Fue ministro de Justicia representando a la CNT-FAI en uno de los Gobiernos presidido por Largo Caballero. Estaba exiliado en México cuando le sorprendió la muerte en 1980.
{18} Juan García Oliver, El eco de los pasos. Ruedo Ibérico. París, 1978, pág. 169.
{19} Coordinación y edición Bernardo Díaz Nosty: 1906-1986 Ramón Rubial, un compromiso con el socialismo. Egraf, Madrid 1986, pág. 19.
{20} Manuel Portela Valladares, Memorias. Alianza Editorial, Madrid 1988, pág. 138.
{21} Adrian Schubert, Hacia la revolución. Orígenes sociales del movimiento obrero en Asturias, 1860-1934. Editorial Crítica, Barcelona 1984, pág. 205.
{22} Diario La Nueva España, Oviedo, 10-X-1984, pág. 11.
{23} Raymond Carr, España 1808-1975. Editorial Ariel, Barcelona 1999, pág. 605.
{24} Santiago Carrillo, Memorias. Editorial Planeta, Barcelona 1994, pág. 97.
{25} Antonio Ramos Oliveira, La Revolución española de octubre. Editorial España, Madrid, 1935, pág. 109
{26} Cif., diario El Carbayón, Oviedo, 16-II-1934.
{27} Julio Aróstegui, La República: esperanzas y decepciones. Historia, 16. Guerra Civil, Madrid 1986, pág. 53
{28} Jesús Pabón, Cambó. Editorial Alpha, Barcelona 1969. Tomo II, pág. 385
{29} Diario La Voz de Asturias, Oviedo, 5-X-1984, pág. 7
{30} José Maldonado González en el año 1936 fue elegido diputado a Cortes por Oviedo en representación del partido Izquierda Republicana. Al estallar la Guerra Civil prestó su apoyo a la causa gubernamental, si bien no ocupó cargo alguno en el tiempo que duró la misma. En 1970 sería elegido presidente de la República en el exilio después de haber sido en 1947 ministro de Justicia, también en el exilio, durante el Gobierno Giral.
{31} Hoja del Lunes, Oviedo, 15-X-1984, pág. 15
{32} Francisco Largo Caballero, Escritos de la República. Edición, estudio preliminar y notas de Santos Juliá. Editorial Pablo Iglesias, Madrid 1985, pág. 44
{33} F. Aguado Sánchez, La revolución de octubre de 1934. Librería Editorial San Martín, Madrid, 1972, pág. 21
{34} Josep Pla, La Segunda República española. Ediciones Destino, Barcelona 2006, pág. 1.189
{35} Copia de este bando en Historia de la Cruzada española, Madrid 1940. Vol. 2, t. 7, pág. 260
{36} N. Molins i Fábrega, Op. cit., pág. 109
{37} Diario La Voz de Asturias, Oviedo, 7-XI-1933, pág. 1
{38} Diario El Carbayón, Oviedo, 5-XI-1933
{39} N. Molins i Fábrega, Op. cit., pág. 131
{40} Indalecio Prieto, Textos… Op. cit., pág. 288
{41} Juan Simeón Vidarte, Op. cit., pág. 209
{42} Revolucionario italiano que militó en las filas fascistas pasando más tarde a las socialistas. Estaba exiliado en España cuando la Revolución de Octubre del 34 donde participó activamente.
{43} Juan Simeón Vidarte, Op. cit., pág. 210
{44} Fernando de los Ríos Urruti, catedrático de Derecho Político de la Universidad de Madrid y diputado a Cortes por Granada. Fue ministro de Justicia, de Instrucción Pública y Bellas Artes, en sendos gobiernos republicanos, y de Asuntos Exteriores en uno de los gobiernos en el exilio. Autor, entre otros, del libro Mi viaje a la Rusia soviética donde escribe la famosa frase que contesta Lenin cuando aquél le habla de libertad y el mandatario ruso le contesta: «¿Libertad para qué?».
{45} Manuel Azaña, Memorias políticas y de guerra. La velada en Benicarló. Afrodisio Aguado, Madrid 1981, tomo IV, pág. 156 y ss.
{46} Dolores Ibárruri Pasionaria, Memorias. La lucha y la vida. Editorial Planeta, Barcelona 1985, pág. 181
{47} Antonio Ramos Oliveira, Op. cit., pág. 72
{48} Al río revuelto que supuso esa Alianza, ganancia de aquellos que querían pescar en esas aguas turbias porque el Comité Revolucionario anarquistas de la localidad de Valdesoto (Siero) lanzó un manifiesto donde proclamaban el comunismo libertario.
{49} Manuel Villar, Op. cit., pág. 101
{50} Diario La Voz de Asturias, Oviedo, 13-I-1934
{51} Josep Pla, Op. cit., pág. 1162
{52} Diego Martínez Barrio fue jefe de la minoría radical en el Congreso y se hizo cargo de la jefatura del Gobierno para llevar a cabo las elecciones de 1933. En el exilio fue nombrado presidente de la República en 1939 y 1945
{53} Diego Martínez Barrio, Memorias. Editorial Planeta, Barcelona 1983, pág. 254
{54} Ibid., pág. 343
{55} Ibid., pág. 347
{56} García Escudero recoge en este libro algunas de las frases que venía publicando El Socialista con ánimo de insultar a sus adversarios políticos: «Reaccionarios, trogloditas, inquisidores. Del cardenal Segura decían que eraabyecto, ruin, mezcla de miseria fisiológica y moral». Y todo esto en los años 1931 y 1932
{57} José María García Escudero, El pensamiento de El Debate. BAC, Madrid, 1983, pág., 137
{58} Gustavo Bueno, El mito de la izquierda. Ediciones B, Barcelona 2003, pág. 260
{59} Cif., Javier Zamora Bonilla, Ortega y Gasset. Plaza & Janés, Barcelona, 2002, pág. 356
{60} Francisco Largo Caballero, Discursos a los trabajadores. Fontamara, Barcelona 1979, págs. 140 y 141
{61} Bartolomé Bennasar, Franco. Editorial Edad, Madrid 1996, pág. 76
{62} Paul Preston, Franco. Caudillo de España. Ediciones Grijalbo, Barcelona 1994, pág. 134
{63} Diario El Comercio, Gijón, 1-VIII-1934
{64} Archivo José María Serrano. Biblioteca Pérez de Ayala de Oviedo, caja VIII, C-55
{65} Diario El Debate, Madrid, 2-VIII-1934
{66} Adrian Schubert, Op. cit., págs. 194 y 195
{67} José Rodríguez y Díaz de Lecea militar de Infantería que más tarde se pasaría al ejército del Aire. Al crearse, por decreto en 1935, la Jefatura de Aviación Civil fue nombrado primer titular cuando era comandante. En 1957 fue ascendido a teniente general y poco después desempeñó el Ministerio del Aire.
{68} Felipe Díaz Sandino, De la Conspiración a la Revolución 1929-1937.Libertarias/Prodhufi, Madrid 1990, págs. 94 y 95
{69} Pío Moa, Los orígenes de la Guerra Civil Española. Ediciones Encuentro, Madrid, 1999, pág. 120
{70} N. Molins i Fábrega, Op. cit., págs. 116 y 117
{71} Rafael Salazar Alonso, Bajo el signo de la revolución. Roberto de San Martín, Madrid 1935, pág. 238
{72} Diario El Carbayón, Oviedo, 28-VI-1934
{73} Diario El Noroeste, Gijón, 28-06-1934
{74} VV.AA.: Octubre 1934. Siglo XXI de España Editores, Madrid, 1985, pág. 238
{75} Diario Avance, Oviedo, 21-IV-34. Cif. Roser Calaf Masachs, Revolución del 34 en Asturias. Fundación José Barreiro, Oviedo, 1984, pág. 57
{76} Tomás Meabe –llamado también poeta del socialismo español–, anteriormente había militado en el nacionalismo vasco figurando, junto con sus hermanos José y Santiago, en el círculo íntimo de Sabino Arana. Dirigió el semanario Adelante de Eibar y colaboró en el también semanario La Lucha de Clases.
{77} Indalecio Prieto, Textos… Op. cit., pág. 214
{78} Marta Bizcarrondo, Araquistain..., Op. cit., pág. 188
{79} Rafael Salazar Alonso, Op. cit., pág. 337
{80} Ibid., pág. 337.
{81} Ibid., págs, 337 y 338.
{82} Diario de Sesiones de las Cortes, nº 117, 7 de noviembre de 1934, pág. 22. Cif.,J. A. Sánchez y G. Saúco: Op. cit., pág. 47.
{83} Ramón González Peña (1882-1952) conocido también por el «generalísimo» fue condenado a muerte por su participación en la Revolución de Octubre e indultado por el Gobierno presidido por Alejandro Lerroux el 29 de marzo de 1935.
{84} Diario Región, Oviedo, 28-II-1936, pág. 7.
{85} Diario Avance, Oviedo, 4-II-1934.
{86} Diario Avance, Oviedo, 5-IX-1934. Por su parte, «Peña esperaba ya la arribada, una semana después, del vapor Turquesa cargado de armas, aunque, teóricamente, destinadas a Madrid».Cif., Díaz Nosty: Op. cit., pág. 126
{87} Francisco Largo Caballero, Mis recuerdos. Ediciones Unidas. México, 1976, pág. 148
{88} Ibid., 27-IV-2003, pág. 58
{89} Ibid., Ibid., Ibid.
{90} Ibid., 18-V-2003 (páginas especiales, 12 y 13).
{91} Luis Araquistain, Foreign Affairs, abril 1934, pág., 461. Citado por Edward Malefakis en Reforma agraria y revolución campesina en la España del siglo XX.Editorial Ariel, Barcelona 1982, págs. 381 y 382
{92} El Socialista, Madrid, 24-06-1934. Cif., Andrés de Blas Guerrero, El socialismo radical en la II República. Tucar Ediciones. Madrid 1978, pág. 118
{93} Diario La Nueva España, Oviedo, 18-V-03 (páginas especiales 12 y 13).
{94} Ibid. Ibid., Ibid.
{95} Juan Avilés Farré, Op. cit., pág. 231
{96} Diario La Nueva España, Oviedo, 19-IV-2001, pág. 29
{97} Ibid., 25-IV-2001, pág. 74
{98} Ibid., 30-IV-2001, pág. 84
{99} Ibid., 18-V-2003 (páginas especiales 12 y 13).
{100} Ibid., 18-X-2007, pág. 26
{101} Ibid. Ibid., Ibid.
{102} Ibid, 9-XII-2003, pág., 20.
{103} Cif., Andrés de Blas Guerrero, El socialismo radical en la II República. Tucar Ediciones, Madrid 1978, pág., 11
{104} Francisco Largo Caballero, Discursos en la campaña de las elecciones del 16 de febrero de 1936 que dieron el triunfo al Frente Popular. Juventud socialista. Deportiva y cultural, págs. 43 y 44
{105} Diario La Nueva España, Oviedo, 18-V-2003 (páginas especiales 12 y 13)
{106} Ibid. Ibid., Ibid.
{107} Diario La Nueva España, Oviedo, 7-XII-2003, pág., 50.
{108} Bernardo Díaz Nosty, Ramón Rubial, un compromiso con el socialismo.Edición de Díaz Nosty, Madrid, 1986, pág. 22.
{109} Diario Abc, Madrid, 13-XII-1981, pág. 3.
{110} Ibid., 15-XII-1981, pág. 3
{111} Diario La Nueva España, Oviedo, 26-IX-2004, pág. 38
{112} Ibid., pág, 38

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