Discurso de Belarmino Tomás en Sama







Discurso de Belarmino Tomás en el balcón del Ayuntamiento de Sama

18-10-1934

Camaradas, soldados rojos: aquí ante vosotros, sin ningún temor, seguros de que hemos sabido cumplir el mandato que nos habéis confiado, venimos a daros cuenta de la triste situación en que ha caído nuestro glorioso movimiento insurreccional. Vamos a daros cuenta de las conversaciones sostenidas por nosotros con el general del ejército enemigo, así como de las bases propuestas por éste y que debemos aceptar si queremos la paz.


Tened en cuenta, queridos camaradas, que nuestra situación no es otra que la de un ejército vencido. Vencido momentáneamente. Todos, absolutamente todos, hemos sabido responder como corresponde a trabajadores revolucionarios. Socialistas, comunistas, anarquistas y obreros sin partido, empuñamos las armas para luchar contra el capitalismo el 5 de octubre, fecha memorable para el proletariado de Asturias.

No somos culpables del fracaso de la insurrección, puesto que en esta región hemos sabido interpretar el sentir de la clase trabajadora, que ha sabido demostrar su voluntad con hechos concretos. No sabemos quién o quiénes han sido los culpables del fracaso de nuestro movimiento. El tiempo permitirá que todo esto se ponga en claro. Lo que si podemos decir es que en el resto de las provincias los trabajadores no han respondido como era su deber. Y ante esta abstención, el Gobierno ha podido combatirnos, no sin antes tener que movilizar cerca de cuarenta mil hombres armados con los medios de guerra más modernos y perfeccionados.


Sólo nuestra región resiste y lucha contra el ejército y el Gobierno de la burguesía. El resto de la península no da señales de vida en lo que a la insurrección se refiere, si bien en algunas provincias ha sido declarada la huelga general, pero sin pasar a más.


La lucha no se ha planteado como las necesidades exigían. Existía y existe el temor de coger las armas, y este temor, por no llamarlo traición, es el que ha determinado precisamente el fracaso de nuestro movimiento, tan valientemente y con tanto heroísmo sostenido aquí por espacio de quince días. Tenemos fusiles, ametralladoras y cañones, pero nos falta lo esencial, que son las municiones. No disponemos de un solo cartucho. En nuestros frentes los soldados rojos se ven obligados a sostener el avance enemigo, empleando para ello la dinamita. Sólo con esto pueden los soldados rojos tener a raya al ejército adversario. Como comprenderéis, esta situación no se puede prolongar un día más, pues disponerse a resistir significa el ser copados por nuestros enemigos y ser pasados a cuchillo. Ninguna ayuda podemos esperar del proletariado del resto de la península, ya que éste no es más que un mero espectador del movimiento de Asturias, y ante esta situación no es posible seguir luchando por más tiempo con las armas en la mano.


La artillería enemiga está emplazada y dispuesta a destruir nuestros pueblos. Nadie mejor que nosotros puede saber los estragos causados por la aviación. Si reflexionamos sin apasionamiento, veremos que sólo se nos ofrece un camino: organizar la paz. Para ello hemos consultado a los Comités Revolucionarios existentes, así como a los jefes de grupo, que se han reunido en los campos de batalla y han dado su opinión. El acuerdo adoptado por unos y otros, junto con el Comité Regional, ha sido el de tramitar la paz. Así se ha hecho y he aquí las bases presentadas por el general López Ochoa.

(...)


Camaradas: Si creéis que somos unos traidores, como algunos manifiestan, pegadnos un tiro, o haced con nosotros lo que mejor os parezca. Pero no continuéis vertiendo sangre cuando ya todas las posibilidades de éxito están perdidas. No nos negamos a luchar y seguiríamos con las armas en la mano hasta derramar nuestra última gota de sangre, siempre que nuestro sacrificio se viera compensado con el triunfo de nuestra insurrección en Asturias y en el resto de la península. Pero lo que no podemos admitir y claramente os lo manifestamos, es seguir gastando un momento más nuestras fuerzas inútilmente.


No es de cobardes deponer las armas cuando claramente se ve que es segura la derrota, derrota que no puede considerarse como tal si pensamos en la potencialidad de nuestro enemigo así como en los medios y las armas que éste ha tenido que emplear para combatirnos. Nadie, absolutamente nadie, podrá borrar de la historia lo que significa nuestra insurrección. Reflexionemos pues, camaradas, y comprenderéis nuestros razonamientos. La lucha entre el capital y el trabajo no ha terminado ni podrá terminar en tanto que los obreros y campesinos no sean dueños absolutos del Poder. El hecho de organizar la paz con nuestros enemigos no quiere decir que reneguemos de la lucha de clases. No. Lo que hoy hacemos es simplemente un alto en el camino, en el cual subsanaremos nuestros errores para no volver a caer en los mismos, procurando al mismo tiempo organizar nuestra segunda y próxima batalla, que debe culminar en el triunfo total de los explotados.


Conocemos el ensañamiento con que viene actuando el ejército enemigo. Los crímenes, los atracos, los robos y las violaciones están a la orden del día del Tercio y los Regulares. Ante el propio general López Ochoa ha sido expuesto por nosotros todo esto. Nos ha contestado que no estaba enterado, pero que de ser cierto tomaría medidas para que estos hechos no se repitan. No sabemos si ha tomado medidas serias sobre el particular. De palabra nos ha dicho que sí.


También hemos concertado, como ya os he dicho, que no habría represalias. Yo creo, y conmigo el resto de los camaradas de los Comités, que ningún caso debemos hacer de lo que sobre este particular nos ha dicho el general enemigo. El criterio de los Comités es que una vez fracasado el movimiento y concertada la paz los más comprometidos se pongan a salvo, y no sólo los comprometidos, sino todos cuantos puedan y hayan tomado parte en este heroico movimiento revolucionario.


Nada más os decimos, camaradas, sobre este particular, siendo nuestra última palabra un viva a los valientes trabajadores de Asturias y a la Revolución Social.





Belarmino Tomás: Casi una biografía
Jorge Fernández Tomas

Cuando Belarmino Tomás subió en el automóvil aquel que lo llevaría ante López Ochoa, el asunto de la valentía ocupaba probablemente muy poco espacio en su cabeza. Tenía 42 años, el cargo de Presidente de la Federación Nacional de Mineros, trabajó en la mina de San Vicente, la casa de Gargantada... la estabilidad que todo eso representaba no era demasiado comparando con todos aquellos 42 años.
En la Casa del Pueblo se Sama había leído novelas de Palacio Valdés; había leído La aldea perdida, y ese mundo idílico de la provincia montañosa verde y campesina, que se iba descomponiendo con las minas y el ferrocarril, le había parecido absurdo.


Porque Belarmino contaba en las charlas de chigre que su padre, Sandalio, había sido minero; y que su madre, Cándida, había sido campesina. Pero sabía que Sandalio era lo mismo minero que pinche de la construcción, que cargador, que cualquier cosa. Que había llegado a Lavandera huyendo del paro que había en Lieres. Que había encontrado dónde vivir en la casa de una viuda, Teresa. Que Teresa tenía una hija, Cándida, y ni un solo metro de tierra para cultivar; que se mantenía de lo que el hospicio de Oviedo le daba por cuidar algún huérfano, y que había empezado a no tener nada mucho antes que la mayor parte de los hombres y mujeres de su provincia.


Belarmino sabía que cuando nació, un 29 de abril de 1892, Sandalio no acompañó a Cándida al juzgado. Sabía que a los once meses los tres marcharon de Lavandera, y que Sandalio trabajó debajo del agua doce horas diarias durante muchos años, apuntalando los pilotes del hermoso puerto que se estaba levantando. Sabía que había vivido en una habitación de El Llano entonces, y también después, cuando nacieron las dos primeras hijas.


Recordaba que tuvieron que subir de nuevo a Lavandera, y que una mañana Sandalio lo llevó a las minas de yeso de La Sierra, donde los dos tuvieron trabajo. Que él, Belarmino, con sus once años, se metía por agujeros tan estrechos que apenas dejaban respirar.


Recordaba que el trabajo no duró mucho, porque una gran vía estaba construyéndose al borde de la casa de Teresa, por donde pasaría el tren que jamás llegaría a unir el Musel con las minas de San Martín del Rey Aurelio, y que había podido colocarse como pinche en las obras.

Recordaba la buena cantidad de gallegos, leoneses y castellanos, que cayeron de pronto sobre Lavandera para trabajar en la vía. Recordaba cómo la casa de Teresa se había reducido al piso pequeño de arriba, donde convivían 10 persones, porque en el de abajo hubo que dar pensión a “los gallegos”, para sacar un dinero extra.


Recordaba el atardecer aquel en que Sandalio tundió a “un gallego” de espalda ancha que se levantó del suelo con la navaja reluciente; y como él, Belarmino, había agarrado sin más discusiones la piedra más grande que podía coger para azotarla en la cabeza del “gallego”.


Luego las obras se suspendieron sin razón alguna, y la familia había arreado otra vez para Gijón. Había vivido en una casita por Ceares, trabajando en las obras, y luego en una fábrica de ladrillo. Había visto las huelgas de los trabajadores del muelle, las peleas de las pescaderas, el cuerpo del recién nacido aquel que había estado flotando dos días en el Piles. Y los acuchillados por la noche, y las casas de mujeres, y los locos y los deformes...


Recordaba su primera hermana, Paz, trabajando en el servicio en la casa de un doctor. Cómo la mujer del doctor era muy elegante y decía que Paz era una marrana, y cómo él había bajado un día a casa de la señora, le había repetido todas las lindezas que había aprendido en asturiano, en gallego y en castellano, y se había llevado a su hermana.


Otros se habían hecho albañiles, aprendieron a conocer una máquina, o fueron guardias civiles, o empleados de la municipalidad o manejaron un tranvía.


Sandalio y Belarmino, no. “Los salarios que se pagaban por aquel entonces no daban lo suficiente para poder vivir”, contaba Belarmino, así que la familia se fue a probar suerte en la cuenca de Langreo. Alquilaron una casa en Pando, siempre la más ruinosa, y los dos hombres, uno con 13 años, fueron a trabajar a las obras. Sandalio pidió favores y Belarmino entró de ayudante de herrero en la Tornillera del Nalón.


Luego siguió el rastro de Sandalio hasta La Teyerona, la fábrica de ladrillos refractarios de La Felguera. Cargaba y descargaba; las hermanas trabajaban en las escombreras de las minas, y Belarmino recordaba bien la tarde en que el jefe pasaba de largo por el patio, y la necesidad que sintió, y cumplió, de sacudirle un ladrillazo. No acertó, pero fue despedido “por revolucionario”.


“Esto sucedía en el mes de febrero de 1906” – cuenta Belarmino-. En marzo de 1906 empezó a trabajar en el 5º piso de Carbones Asturianos, en donde se afilia por primera vez a la Agrupación Socialista, “única organización que existe y que funciona a base múltiple”.


De allí al Fondón, a una explotación donde trabajaba Manuel Llaneza. En esta mina y a la hora de comer, se entablaban conversaciones donde se hablaba de socialismo..., tertulia a la que nunca faltaba “el Guaje”. Así le llamaban Llaneza y los otros.


Rcordaba que Llaneza y los compañeros habían sido despedidos. Recordaba sus primeros paseos por las aldeas, los primeros cortejos y las primeras batallas campales con el garrote y los puños.


Se acordaba de haber sido a los dieciséis años tesorero del primer Sindicato Minero de la provincia, El despertar del minero, del que era secretario general José María Martínez; y de que años después, en noviembre, ya vuelto Manuel Llaneza, él, Belarmino, había sido el único miembro del Despertar del minero que asistió a la reunión en la que se formaría el Sindicato Provincial de Mineros Asturianos.


Desde ahí su vida se fundía con la de el Sindicato. Formaba secciones, y cuando en mayo de 1911 hubo que hacer una huelga general para ganar el respeto de los mineros y de los patrones, Belarmino bajó con unos cuantos y voló los castilletes de los planos y las lampisterías de las minas del valle de Aller, que trabajaban con esquiroles. De regreso, dinamita en mano, había recorrido una por una las minas del Nalón provocando la huelga, incitándola, forzándola, intimando lo que hubiera que intimar. 


No había sido fácil. Nunca nada había sido fácil. Ni siquiera cortejar a Severina, que era una de las mozas guapas de Gargantada, y que recibiría de su padre una cantidad nada despreciable de tierra.

“Yera feísimu”, decía Severina, “¡pero tinía una personalidad, un... qué se yo, fíu!”.
Se había casado, había seguido formando secciones, había sido Presidente del Sindicato Provincial de Labradores.


Y entonces la huelga, la huelga general de 1917... “tomé parte muy activa en la preparación del movimiento revolucionario, habiendo formado parte del Comité Revolucionario de Langreo. Este Comité me encargó la misión de ser enlace con el Comité Provincial que se encontraba en Oviedo”. Recordaba después.

Y también que desde entonces, ir a salto de mata era una nueva costumbre. Escapar tras el fracaso del movimiento, ir a parar a unas minas de Teruel, ser Presidente del Sindicato Minero Asturiano en 1919, y salvarse de milagro de la escabechina que la Guardia Civil hizo en Moreda al matar a trece mineros.
Y el Sindicato avanzaba, y los patrones se plegaban, y Belarmino era un hombre importante, pero ni Dios iba a evitar que bajara ocho horas a la mina, que tuviera que cargar la pistola cada vez que asomaba la cabeza un poco más allá de su concejo. Y había tenido una contrata, y cuando el Sindicato se hizo con la mina San Vicente había sido elegido vigilante general, y el hijo mayor pudo ir a estudiar para perito, y el Partido no dejaba de avanzar, pero en 1930 había que sublevarse contra la monarquía, había que hacer una huelga general... y se hizo. Y llevaba dos horas cuando Belarmino ya había sentado de un bastonazo a un guardia civil, y de pronto la contraorden, el movimiento abortado, la cárcel.


Belarmino recordaba enero de 1931, la muerte de Llaneza, su nombramiento: Presidente de la Federación Nacional de Mineros en el lugar de éste; el extraño encargo de ocuparse de los teatros del Sindicato, su alineamiento en la controversia dentro del Partido, con la política de Prieto, para él paciente y realista; de cómo había sido llamado viejo y reformista...


Se acordaba del calor de los acontecimientos, del principio del año 34, de la decisión de ir a la Revolución, de la entrevista con Largo Caballero, de las huelgas generales en Langreo, de las manifestaciones disueltas a tiros por la Guardia Civil y de aquella noche tendido en la playa de Aguilar esperando al Turquesa. Del asalto al cuartel de Sama, de la voz del cabo en el teléfono, de las camionetas de mineros que salían rumbo a Oviedo y no volvían... y sabía, sabía que quedaría ahí hasta el último momento. No había heroísmo, no había una estudiada razón política para subir al automóvil. Había 42 años recios y un largo sentido común aprendido por los días. La misma solidez, la misma cabeza firmemente puesta sobre el cabello grueso, que le había permitido recorrer todo ese largo camino.



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